Este es el blog de un equipo de Cuidados Paliativos... trabajamos "a pie de cama", en el domicilio del paciente, en su espacio más íntimo y personal.

Todos los días hay un viaje distinto, duro, sorprendente, triste, emocionante... y con un final.

¿Nos acompañas?.



sábado, 12 de marzo de 2016

Hablando de "Carreteras Secundarias"


Que RNE se ponga  en contacto contigo, que se interese por el blog "Carreteras Secundarias", que quieran saber qué es eso de los Cuidados Paliativos y nos propongan una entrevista para que lo contemos... es de esas cosas que te dicen y no te lo crees... pero sucede!!!!.

Desde aquí puedes escuchar la entrevista. Comenzamos en el minuto 31:38

Podcast: Viaje al Centro de la Noche-RNE. Entrevista "Carreteras Secundarias"




martes, 8 de marzo de 2016

Miedo a tener miedo...



Hay veces que un familiar o un amigo... de un paciente, te encuentra por los pasillos, te para y te cuenta cosas así:
Había ido al hospital a verlo. Yo no era la única visita que tenía en ese momento, ni tampoco a lo largo del día, siempre estaba acompañado. Hablábamos, nos reíamos. Las visitas se fueron marchando y en un momento nos quedamos solos, mi hermano y yo. Era uno de esos momentos de calma que suelen ser habituales en el hospital, más habitual que todo el "ruido" que había habido a lo largo de la tarde. Y entonces, no sé cómo ni por qué, de repente me miró. Una mirada lanzada directamente desde el otro lado de la enfermedad, de la jodida enfermedad terminal. Era una mirada de terror, totalmente diferente a las que le había observado a lo largo de la tarde, una mirada sin ninguna palabra que la acompañase; y las palabras sin sentido, las palabras vacías que yo sí estaba diciendo, en ese momento quedaban totalmente fuera de contexto. Me sentía incapaz de soportar y aguantar esa mirada, esos ojos. Sólo podía hacer una cosa, acudir a su lado, abrazarlo y decirle: "Ya sé lo que te pasa, hermano".
Me estaba mirando y yo tenía que reaccionar de alguna forma... el desconcierto ya duraba más de dos, tres, cuatro segundos y él me seguía mirando fijamente, desesperadamente. Y mientras yo, incapaz y aterrado. Con miedo, mucho miedo de qué o cómo responderle.



lunes, 7 de marzo de 2016

LoS iNToCaBLeS De La MeDiCiNa... II


(Hemos tardado unos días, pero aquí va la segunda parte.)

Interacción médico - paciente con enfermedad terminal.
Si el médico desconoce su función de cuidar, se produce una sensación de fracaso y rechazo hacia el paciente que va a morir. El enfermo percibe que se le abandona y que su familia toma una actitud similar, entrando así en un aislamiento que no debe confundirse con aceptación. El aislamiento aquí es una protesta y una manera de decir: “pues si me abandonáis, yo no voy a daros lo último de mi tiempo”.
Nuestra experiencia nos indica que en la mayoría de los casos el paciente sabe que va a morir, pero no siempre lo comunica. Muy frecuentemente entra en el doloroso juego al que le somete el equipo sanitario que le asiste y la propia familia: “ya verás cómo mejoras,… se te ve mucho mejor”. El paciente sigue el curso de esta situación falsa que no le permite expresar sus propios sentimientos. El resultado es un sufrimiento psíquico intenso que le impedirá morir con aceptación y tranquilidad.

Interacción paciente - familia.
La familia sigue, casi siempre, la faceta cultural de su especial criterio frente a la muerte, reforzado o modificado por la actitud o sugerencias del equipo médico. Cada familia vive la relación con el paciente siguiendo las pautas de conducta que ha mantenido cuando el enfermo estaba sano. Uno piensa que una familia armoniosa tiene más recursos para cuidar a uno de sus miembros que una en la que los conflictos existen previos a la enfermedad. Sin embargo, esto no es así. La enfermedad terminal moviliza la patología familiar encapsulada justamente cuando se necesita mayor solidaridad y apoyo. El paciente puede encontrarse con respuestas familiares que lo alienan aún más.
 

Importancia de la fase terminal.
Ya hemos mencionado que los días o semanas previos al desenlace constituyen para el paciente los más importantes de su vida. Si el objetivo es que éste pueda morir con aceptación y tranquilidad, este último periodo es de una gran actividad psíquica. El paciente hace un balance de sus relaciones, de su vida, intentará reconciliarse consigo mismo, con su fe si la tuviese, con su familia, con los miembros del personal sanitario,…

Pero debido muchas veces a su situación de debilidad o dolor, no puede llevar a cabo esta tarea, dejando así un trabajo incompleto y llegando a su muerte con sensación de verdadero fracaso y desesperación. Es aquí donde el equipo sanitario y la familia pueden ayudar al paciente a negociar esta etapa. No existe una manera de morir ni una forma de tratar al paciente moribundo, sin embargo, existen tantas muertes y formas de asistirla como individuos hay. Cada persona experimenta la etapa final de su ciclo vital de manera única e intransferible. Por lo tanto, es imposible estandarizar una metodología para tratar a estos pacientes como se estandariza un protocolo de quimioterapia.

Pero si existe una terapia eficaz, individual y personalizada. La base de la misma radica en la aplicación de la teoría y del método psicoanalítico que nos permitirá comprender el lenguaje del enfermo. Como describía Freud, la mente humana tiene procesos inconscientes que determinan su conducta y las pautas de normalidad y patología. Cuando un individuo enferma de una dolencia fatal, se exacerba su patología psíquica preexistente, superponiéndose a nuevos cuadros psicopatológicos propios de la situación.

En cuanto a la metodología distinguimos dos apartados: Control de la sintomatología del paciente, cuyo objetivo es mantenerlo confortable y alerta mediante las técnicas adecuadas que controlen sus múltiples y diversos síntomas, y la aplicación de los recursos que nos ayuden a controlar la psicopatología emocional del paciente y su familia, tanto durante la fase de la enfermedad terminal, como posteriormente en el duelo.

Es fundamental crear una atmósfera de mutua confianza, para lo que se necesitan dos elementos básicos indispensables: tiempo y una actitud de escucha. Esta relación permite una actitud de descubrimiento conjunto y, ligados por este vínculo, el terapeuta funciona como objeto reestructurante del paciente, existiendo la posibilidad de la sorpresa y del descubrimiento recíproco, de una tarea conjunta y creativa.

El cuidado del paciente permite así reelaborar sus conflictos, reconciliarse con él mismo, con su entorno y con su familia, en suma vivir su etapa final como algo creativo donde él es el protagonista vital. Y, por otra parte, se evita la sensación de fracaso en el personal que lo asiste, ya que, cuando hacemos el balance una vez que el paciente ha fallecido, nos damos cuenta de que lo hemos ayudado a despedirse y a morir con aceptación. El paciente completa su ciclo vital y el personal que lo ha acompañado gana esclarecimiento sobre las formas de morir y aprende a manejar mejor una situación límite, que algún día será también la nuestra.

En nuestra sección de Oncología seguimos este quehacer diario y podemos asegurar que aquellos intocables que veíamos antes, aquellos terminales que evitábamos, hoy nos brindan, en la reciprocidad que emerge del encuentro diario, una situación vivencial y emocional que nos enriquece.

Extraído de un artículo de:
J. Sanz Ortiz y R.E. Bild*
Jefe de Sección de Oncología. Servicio de Medicina Interna.
Centro Médico Marques de Valdecilla. Santander
*Psicoanalista del King´s Collega London
 

lunes, 29 de febrero de 2016

De enfermedades, enfermos o personas...


Cada día me convenzo más que nuestro sistema sanitario sólo trata enfermedades, que estas vayan dentro de un paciente y que éstos sean personas, eso no se tiene tan en cuenta y más cuando es un paciente paliativo.
Una paciente me contaba el otro día: 
“Cuando uno se convierte en paciente, lo primero que sientes que te hace perder el sistema sanitario es la dignidad. Exactamente igual que cuando te dicen que te quites los objetos metálicos al hacerte una radiografía; con la etiqueta de paciente… esa dignidad, el sistema te la quita ya en la puerta de las consultas y es difícil que te la devuelva”.
“Como paciente a veces piensas que la gente con bata blanca, con uniforme blanco, o verde o azul… son muy importantes (los que llevan uniforme desgraciadamente también se lo creen, incluso a veces se cuelgan un fonendoscopio en el cuello como si fuera un galón que indicara que él es más que otro que no lo lleva), incluso a veces un simple gesto de cercanía, de amabilidad… (un hola, una sonrisa, el que te llamen por tu nombre) es como un gran regalo.”
Hace poco leí que entrar en un hospital como paciente o como familiar es como ponerse una vacuna de humildad, con excipiente de miedo.
Parece que en un hospital, uno debería sentirse más persona, bastante es ya tener que aguantar una enfermedad que uno no ha elegido, ni se ha buscado... pero no, en un hospital y al otro lado de la cama, o al otro lado de la mesa y protegido tan solo por el pijama hospitalario (que es también un claro ejemplo de pérdida de dignidad, intimidad y de una gran vulnerabilidad…) uno se transforma sólo en enfermedad,  en datos analíticos, en constantes… sobre todo mientras haya un aparataje tecnológico sofisticado y de nueva generación (de esos en los que está de moda que nuestro sistema sanitario invierta) para poder ver al paciente por dentro… perdón!!! Para poder ver la enfermedad desde dentro. Ojala esas grandes tecnologías vieran el miedo, o las preguntas que uno se hace mientras te dicen: “Respire… no respire”, “no se mueva”…  tal vez informar del diagnóstico sería distinto.
En un hospital todo sucede con prisa, hay gente corriendo, no hay tiempo para sentarse y escuchar a un paciente, hay que pedir pruebas, hacer pruebas, interpretar pruebas... en lugar de interpretar silencios, gestos o miradas. A veces escuchas que no hay tiempo para eso (lo de comunicarse con el paciente parece que no es prioritario, o que no está en la cartera de servicios), pero no pensamos que el que en realidad no tiene tiempo... al que el tiempo se le acaba, ese es el paciente.

Como paciente pierdes el control, te vuelves frágil, aumenta tu inseguridad y esa dignidad que has dejado en la puerta, cada vez la ves más difícil de recuperar.


miércoles, 17 de febrero de 2016

Los niños tienen derecho a morir en su casa sin sentirse abandonados



 Change.org

Mi hijo Pablo murió poco antes de cumplir dos años. Once meses antes le habían diagnosticado una leucemia mieloide aguda M7, una de las más raras y de peor pronóstico. Tras agotar todos los ciclos de quimioterapia y todas las terapias posibles (incluidas combinaciones de fármacos apenas usadas y diseñadas por los equipos de oncología pediátrica de tres grandes hospitales españoles), los médicos lograron una remisión que permitió un trasplante de médula.
Todo parecía ir bien, se rozaba el milagro: el trasplante funcionó, no hubo rechazo. Pero la enfermedad fue más fuerte y rebrotó con una virulencia inesperada. Nada se pudo hacer. Nos preparamos para la muerte de nuestro hijo, una historia que conté en mi libro La hora violeta.
Hasta que murió, mi hijo Pablo había pasado la mitad de su vida breve en hospitales. Le aterraban las batas blancas y añoraba mucho su casa. Cada vez que nos daban un alta y entrábamos en nuestro piso, Pablo volvía a ser por unos días un niño normal y feliz. Por eso, su madre y yo decidimos que se merecía pasar sus últimos días en el lugar del mundo que le correspondía. En su cama, con sus juguetes, protegido por la intimidad.
Hasta ese instante, el sistema sanitario público se había volcado con él. No teníamos más que elogios y gratitud por todos los esfuerzos que las doctoras, las enfermeras y todo el personal y el tejido de asociaciones habían hecho por salvar su vida. Sabemos que se hizo todo lo que la ciencia permite hacer y que no hubiera tenido una atención mejor en ningún otros sitio del mundo. Pero en el instante en que decidimos llevar a morir a nuestro hijo a casa, el sistema desapareció. Nos quedamos solos.
En un hospital, Pablo habría recibido cuidados paliativos, pero esa opción no existía si estábamos en casa. Aunque contamos con todo el apoyo del hospital, que nos atendía a cualquier hora y nos entregó los fármacos necesarios para aliviar el dolor, nadie vino a vernos. Ningún equipo de paliativos nos visitó, ni una enfermera. Nada. Nos enfrentamos en la soledad más angustiosa a la agonía de nuestro hijo, confiando en nuestro instinto, sin saber si lo hacíamos bien o si podíamos hacerlo mejor.
Nos contaron que los cuidados paliativos domiciliarios para niños son una especialidad muy sensible y que casi no existen. Son muy caros, dicen. Por suerte, la mortalidad infantil en España es muy baja. En términos de gestión sanitaria, no es rentable mantener unas unidades que requieren mucha especialización para atender tan pocos casos: entre tres mil y seis mil. Sólo unas pocas Comunidades Autónomas tienen este servicio. En otras, hay planes y buenas intenciones. En realidad, sólo Murcia y algunos hospitales de referencia de Madrid y Cataluña lo ofrecen. En algunos casos, como en el del Niño Jesús de Madrid, gracias a la financiación privada de una fundación.
Desde que hice pública esta historia he recibido muchas opiniones de profesionales que coinciden en que falta voluntad política para que todos los niños que mueren en sus casas reciban cuidados paliativos.Me dicen que hay profesionales cualificados que sólo necesitan un poco de formación, y que el sistema sanitario está más que preparado.
La objeción es presupuestaria, pero yo me pregunto: ¿Cuánto cuesta dejar desamparados a los pocos niños que mueren en sus casas? ¿Qué precio se pone? Si argumentan que España no se puede permitir atender la agonía de esos niños yo respondo que lo que no se puede permitir un país que presume de civilizado es dejar a esos niños y a sus padres en la soledad de sus dormitorios.
Aunque haya planes autonómicos y fundaciones y hospitales concretos sensibilizados con esta cuestión, hace falta aunar una voluntad política nacional que tome conciencia de que, por pocos que sean, hay niños que se mueren, y que tienen derecho a morir en sus casas sin sentirse por ello abandonados. Tienen derecho a no morir como murió mi hijo.   
Por eso te pido tu firma para pedir al Ministerio de Sanidad y a las Comunidades Autónomas que trabajen conjuntamente para incorporar y extender los servicios paliativos pediátricos domiciliarios como un derecho para cualquier niño cuyos padres lo soliciten, vivan donde vivan. Se que podemos conseguirlo, porque gracias a peticiones ya iniciadas en esta plataforma se están consiguiendo avances en muchos otros ámbitos de la Sanidad. Sólo necesitamos todo el apoyo posible.
Sergio del Molino 
Iniciativa Change.org


martes, 9 de febrero de 2016

Sé Que No aNDaS MuY LeJoS...


Adiós papá. De la mano, esta tarde cogidos los dos, nos hemos despedido. En la cama al lado el uno del otro, te he agradecido toda la vida que ha sido contigo,… Por ser como soy, por lo que me has enseñado, por lo que has dejado que aprendiera sola, por dejar que me equivocara, por estar detrás por si caía, por sentirte orgulloso de mi. Por tu fuerza, por tus ganas, por enseñarme siempre a ver el otro lado de las cosas. Por enseñarme a ver tantas cosas bellas que la vida derrama por ahí.
 
Por tu generosidad, por esa vida dedicada a nosotras, por tus risas con ella desde que yo recuerdo, por haberme enseñado lo que significa el verbo AMAR. Por apretarme la mano como tú solo sabes hacerlo, por acariciarme la cara como solo tú sabes hacerlo. Por ser el que más me ha querido desde antaño. Por ser y por estar, siempre.
Por tus manos siempre llenas, por saber cómo arrancarnos una sonrisa aún en lo peor. Por tu torpeza para decir te quiero. Por las veces que te he visto llorar a escondidas. Por los besos que ahora me dejas darte.
Gracias papá. Vete tranquilo, cuando debas, que aquí tu paso ha dejado mucho… y bueno.
 
No querías… y sin querer, queriendo, te fuiste. Sin ruido. Sin lamentos. Con el alma desconsolada. Te dejaste llevar a ese cielo que te esperaba hacía rato.
…Y, después, a pesar del dolor, un rinconcito de paz y tranquilidad empieza a tomar forma, haciéndose grande, grande. Y al pasar de los días, la palabra AMOR con mayúsculas se va adueñando de mí. Te veo en esa estrella que brilla frente a mi ventana y sé que no andas muy lejos.
Alma
 

 
 

viernes, 5 de febrero de 2016

LoS iNToCaBLeS De La MeDiCiNa... I


El individuo que enferma con una dolencia grave, por ejemplo cáncer, encuentra casi siempre un equipo médico capaz de utilizar todos los recursos disponibles para su tratamiento. Se abunda en la aplicación de la tecnología más avanzada, se dedica tiempo al paciente, se le alienta para sobrellevar las dificultades de los tratamientos. Hay entusiasmo entre los miembros del equipo. La actividad es intensa y nadie escatima esfuerzos. Existe un objetivo unificador, hay que salvar al paciente, curarlo o prolongar su vida… Hay un espíritu de creatividad y energía. Si queremos describir la atmósfera que impregna esta situación, podemos decir que está llena de actividad, sonido, pautas en común y discrepancias.

Si el paciente cura o prolonga su vida con un nivel aceptable de calidad, se comparte en el equipo una sensación de triunfo y eficacia. El paciente ha cooperado y recibe el estímulo y aceptación de sus médicos y familiares.

Pero, qué pasa si los tratamientos no alcanzan el efecto esperado, si los síntomas se intensifican y la enfermedad avanza hasta un punto que no se puede controlar? Cuando el proceso se vuelve irreversible se entra en la etapa final de la enfermedad. Aquí entonces todo cambia. El tiempo que se da al paciente se reduce rápidamente, casi desaparece. El médico, en la mayoría de los casos, considera que ha hecho todo lo posible y que su tiempo debe dedicarlo a los pacientes que pueden responder de forma eficaz a la terapéutica.

Además en el equipo existe una sensación  de malestar frente al paciente con enfermedad en fase terminal, la euforia se transforma en una vivencia de fracaso y automáticamente el impulso hacia el paciente cambia hacia el rechazo que, consciente o inconscientemente, se expresa por medio de visitas más breves y cada vez menos frecuentes. El sonido de las conversaciones acerca del paciente y sus problemas, se convierten en silencio. El paciente se vuelve poco colaborador y simpático. Se muestra molesto, provocador, exigente y entra en la categoría de paciente difícil. La actitud del médico hasta entonces activa, entusiasta y creadora, se transforma en pasiva y desalentadora. El tiempo que dedica al paciente es el mínimo indispensable y encuentra en la evasión su mejor mecanismo de defensa, contribuyendo al aislamiento del paciente.

Por qué un cambio tan radical?

El modelo tradicional nos enseña que el médico debe cuidar y curar al paciente… Sin embargo hemos ido olvidando nuestra obligación de cuidar y nos hemos concentrado, con toda la tecnología disponible, en curar. Nos sentimos incapacitados para ofrecer al paciente los cuidados que necesita desde ese momento hasta su muerte.
El período de tiempo que separa el diagnóstico de enfermedad terminal y el momento de la muerte puede ser de varios meses y los últimos días de una vida son, por su misma naturaleza, los más importantes.

La paradoja es que se produce una infrautilización de los recursos del cuidar por falta de información y adiestramiento en las técnicas y metodologías científicas: control de síntomas, apoyo psicológico y emocional, problemas religiosos y espirituales, económicos, de relación, recursos disponibles,… Por lo tanto, si el grupo terapeuta no dispone del conocimiento de las técnicas adecuadas para resolver con eficacia las necesidades del paciente, éste deja de ser objeto de su atención y pasa a una situación de aislamiento, rechazo e inabordabilidad.



En la próxima entrada abordaremos la interacción médico-paciente con enfermedad terminal, interacción paciente-familia y la importancia de la fase terminal.

Extraído de un artículo de:
J. Sanz Ortiz y R.E. Bild*
Jefe de Sección de Oncología. Servicio de Medicina Interna.
Centro Médico Marques de Valdecilla. Santander
*Psicoanalista del King´s Collega London.

lunes, 11 de enero de 2016

Si Me oLViDaS, Yo ReCoRDaRé PoR Tí...

No me acostumbro a que los nombres de personas que le son queridas caigan en el olvido, ni a ver su mirada perdida, ni a su caminar sin sentido, a que se quede en blanco buscando una palabra. A no saber qué le pasa por la cabeza cuando no quiere comer, a no saber ya qué contestarle cuando me dice que quiere ir a casa.

Sé que está perdiendo la memoria, que los médicos le han diagnosticado que tiene demencia tipo Alzheimer, me he informado ampliamente sobre la enfermedad de Alzheimer e intento seguir todos los consejos que me ofrecen los profesionales y los cuidadores que tienen o han tenido algún familiar con la misma dichosa enfermedad.

Pero, me duele verle así, tan indefenso ante esta cruel pandemia que está azotando nuestras vidas por completo, tan perdido luchando por recordar algo olvidado en su memoria, perdido en un mundo que no entiendo y en el que no puedo entrar.

Sé que cuando no estoy me extraña, (o por lo menos, eso quiero creer) y que nadie le cuidará tan bien como yo lo hago, a pesar de que a veces, hago lo que puedo y como puedo. Pero también necesito de mis ratos propios para poder descansar de sus idas y venidas, de sus preguntas incesantes. Necesito más tiempo para ordenar todo aquello que desordena buscando no sé qué cosas.

Esta situación me ahoga el alma, no consigo habituarme a esta maldita enfermedad que le está robando todos y cada uno de sus recuerdos, que hace que cada día le cueste más situarse en los sitios,… las palabras fluyen menos y tengo miedo de no saber si tiene dolor, molestias ni la palabra justa que quiere expresar.

Lo más gratificante de toda esta vivencia, es cuando su mente conecta con un simple detalle: una caricia, una sonrisa, un niño, alguien conocido, una vieja fotografía, una palabra y, entonces me doy cuenta, su mirada se vuelve más limpia, una sonrisa asoma a sus labios y sé que está bien.

No sé si lo hago bien o mal, sólo mi amor, mi buena fe, mi intuición, todo lo que hemos vivido juntos y mi propia memoria de lo que he aprendido con el tiempo, es lo que me guía para cuidar.





martes, 5 de enero de 2016

QueRiDoS ReYeS MaGoS...


Queridos Reyes Magos:
Creo que este año he hecho las cosas con el corazón, he puesto el alma en lo vivido. He querido, he amado y mucho, también me han amado… y mucho. He llorado pero también he reído, lo que más: he sonreído, a veces estirando de las comisuras de los labios hasta que la sonrisa ha empezado a surgir sola. Si, sale.
He escuchado el silencio, el susurro de las hojas y el viento, mis pasos sobre la tierra.
He visto el rostro amargo de la desilusión, la mirada errante de la locura, la tristeza que asoma bajo el arcoíris. A veces no todo es color, se impone la gama de grises.
He olido el rastro que deja la ausencia y he paladeado el sabor del abandono.
Me he perdido tras las esquinas vacías, en calles oscuras. He soñado el amanecer. He rozado con la punta de los dedos el cielo mientras imaginaba hermosas formas en las nubes. He sido feliz también.
No me quejo. Vivo lo que toca… y eso me recuerda constantemente que estoy viva. (Casi nada!!)
Por eso, queridos Reyes Magos, os pido salud, fuerza, vitalidad… VIDA.
 
 
 
 
 

jueves, 31 de diciembre de 2015

miércoles, 23 de diciembre de 2015

eL GoRDo De NaViDaD...

En casa de Adela hay un belén y un árbol decorado con bolas, espumillón y luces de colores… "Todas las Navidades ponemos un gran belén. El de este año es más pequeño porque si no la silla no pasa”.

Adela tiene 57 años, un marido, un hijo… “mucho vivido y… creía que mucho por vivir”. Diagnosticada e intervenida de un tumor cerebral en mayo pasado, cuando despertó de la anestesia sintió una gran alegría, “estoy viva!!”. El mazazo llegó después, el tumor seguía progresando y una hemiplejia se instaló en el lado izquierdo de su cuerpo, dejándolo paralizado por completo y recordándole cada día que “el intruso” que conviviría con ella a partir de entonces iba a condicionar, y de qué manera!, su futuro. Cambio de planes, cortitos y oscuros.

La sonrisa se pasea por su rostro mientras nos cuenta lo que le gustaba hacer antes… coser, hacer arreglos en la ropa, vestirse y maquillarse para salir a tomar algo los sábados con sus amigas,  cocinar, leer, viajar,… al poco asoman las lágrimas al hablar de lo que le ha sido arrebatado, así, de golpe,… de la dependencia de los demás para todo, “para vivir simplemente”,… de esa losa que cayó un día sobre ella y que no le deja pensar en nada más,… "NADA MÁS",… de lo que han menguado sus sueños y sus proyectos, hasta llegar a ser un puntito en el horizonte, “porque la esperanza es lo último que se pierde”.

Mientras habla, en la tele encendida al fondo y en silencio, de repente, cantan el gordo de Navidad. Lo vemos mudos todos. Nos miramos y un silencio se instala en la sala. Las miradas hablan y ahora dicen algo así como: En la gramola que acompaña a la vida, con la música adecuada a cada instante tras echar la moneda y elegir la melodía,… nos hemos equivocado de pista,… qué baile tenemos que danzar ahora y cómo, con qué, con quién,… siguiendo a qué pareja… o bailo sola… qué pasos son los apropiados,... hacia donde,… sin qué, sin quién,… y sobretodo: por qué?
 
 
 
 

viernes, 4 de diciembre de 2015

TRuMaN...

Una película sobre la vida, el vivir y el morir, sobre la amistad y el respeto, la comprensión y la aceptación, la generosidad y el agradecimiento, la dignidad,… sobre el amor en definitiva. La he visto dos veces en quince días y aún me quedo con ganas de ver más, de hacerla más larga, más adentro todavía, más intensa si puede ser. Me gustaría zambullirme en ella y ser más que una simple observadora.