Este es el blog de un equipo de Cuidados Paliativos... trabajamos "a pie de cama", en el domicilio del paciente, en su espacio más íntimo y personal.

Todos los días hay un viaje distinto, duro, sorprendente, triste, emocionante... y con un final.

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lunes, 3 de febrero de 2014

No Me ReHuYáiS La MiRaDa...



He encontrado este documento fantástico. Un tema difícil que, no por repetido, pierde actualidad e interés.
La doctora África Sendino Revuelta, médico internista del Hospital Universitario La Paz, de Madrid, mantiene esta correspondencia con un paciente terminal.

Mi querido paciente y amigo: Hoy, al salir de su habitación, después del paso de visita de esta mañana, su mujer me ha entregado un sobre que contiene sus voluntades anticipadas.
Me dijo que las redactó usted hace unos meses, cuando le diagnosticamos esta enfermedad que, a pesar de todo el esfuerzo que juntos hemos hecho, nos está ganando el terreno de su ya frágil salud.
Le confieso que he caminado hacia mi despacho lentamente, sintiendo cierta tristeza al comprobar que yo era el médico, o el equipo, en el que virtualmente pensó usted al redactarlo y al que consideraba oportuno establecer ciertos límites en su actuación médica.
Me senté en mi silla, ante mi mesa de despacho, sin poder impedir que la cabeza se me llenara de pensamientos sobre qué puede haber conducido a nuestros enfermos a la duda de que alguna de nuestras actuaciones no estén dirigidas al servicio de su bienestar, de su recuperación -si cabe alcanzarla-, del alivio de su dolor y al consuelo de su sufrimiento.

¿Por qué se ha deformado la imagen de unos profesionales como personas obstinadas en provocar agonías interminables o en impedir que la muerte, cuando se anuncia como irremediable, acaezca?

¿Acaso parece que no aspiramos ya a aliviar los síntomas y el dolor como objetivos prioritarios en todo momento?

Por fin me decidí a leer el contenido del sobre, dispuesta a conocer cuáles eran sus Instrucciones, redactadas para el momento en que ya nos encontramos.

 
No me rehuyáis la mirada

«Éstas son mis instrucciones previas, por si cupiera la duda de qué es lo que deseo que se haga hacia mi persona cuando la enfermedad me conduzca a una situación irreversible, terminal. Van dirigidas a mis médicos, a mis amigos, a mi familia.

Nunca me digáis: No podemos hacer nada más, porque eso nunca será cierto.

No me rehuyáis la mirada, cuando la mía sea angustiada; no desviéis vuestra atención cuando no sepáis qué responder o qué decirme; prefiero vuestro silencio respetuoso cubriendo y amparando mi dolor. Es vuestra presencia cercana, oportuna y... a veces breve, la que me consuela, no vuestro afán por intentar encontrarle  respuesta a todo.
 
No intentéis nutrir mi esperanza cambiándome de tema, como he visto hacer a veces, derivándolo al dolor que también vosotros padecéis a causa de vuestro juanete izquierdo, o de la jaqueca que tuvisteis ayer,... o a cualquier otra trivialidad. No administréis a mis quejas fáciles colofones, que a veces se vuelven patochada, del tipo de ¡ya vas a ver que esto no es nada! Regaladme con el consuelo que para mí supone desahogarme comunicándoos mis dolores, mi pena, mi preocupación y sentirme comprendido.

No me sometáis a pruebas inútiles en este momento, como apelar a mi fortaleza anterior ante las adversidades, la de mis tiempos de salud. Me rechinaría escucharlo, porque eso no haría más que hacerme presente alguna de las pérdidas que me ha conllevado ciertamente la evolución de mi enfermedad.

No me hagáis sentir vergüenza por mi miedo; lo que necesito es estar seguro de que voy a ser tratado en mi final como lo fui cuando empezó esta vida que se me acaba: querido, cuidado y asistido.

Cuando mis efectos vayan decayendo, necesitaré mayor dosis de vuestros afectos.

Ayudadme a reconciliarme con mi muerte, dejándome hablar de ella con vosotros, si así lo deseo. No sabéis el bien que recojo cuando me permitís hacerlo, sin mitos, sin morbo, sin censura. Éste es el único medio extraordinario del que quiero beneficiarme. Ya sé que os es muy duro, que os provoca ansiedad, pero acompañadme en este proceso. No me dejéis solo.

Acercadme todos aquellos procedimientos que contribuyan a que pueda vivir con paz este tiempo, técnicos, psicológicos, espirituales...

Asistidme, o hacedlo por mí si yo no puedo, para que la hora anunciada en el rezo tantas veces -en la hora de nuestra muerte- se realice ya en mi propio ahora. En mi ahora».

Al terminar la lectura de sus Instrucciones anticipadas, yo, querido paciente, me he permitido responderle mediante esta carta: gracias por pedirnos aquello por lo que ya es noble hacerse médico.

 Dra. África Sendino Revuelta