Este es el blog de un equipo de Cuidados Paliativos... trabajamos "a pie de cama", en el domicilio del paciente, en su espacio más íntimo y personal.

Todos los días hay un viaje distinto, duro, sorprendente, triste, emocionante... y con un final.

¿Nos acompañas?.



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jueves, 8 de diciembre de 2022

MáS Que aGRaDeCiDa...


No sé por dónde empezar. Tanto tiempo… Han pasado tantas cosas y a la vez tan pocas. Mejor dicho, han pasado muchas para llegar a ninguna. A veces la tristeza se adueña de tu vida, sin un motivo concreto, sin un porqué. El paisaje se difumina y los colores pierden tono. La sonrisa se resiste a salir y te quedas a media luz.

Hace tiempo que no trabajo, por eso el blog está desatendido, desnudo. Y no sé cómo explicarlo. Lo intento.

Un buen día se me empezaron a amontonar los muertos. Estaba rodeada, los llevaba a la espalda y, los que no me cabían, los iba dejando en la cuneta. Llegué a olvidarme de sus nombres y sus direcciones. No de sus caras ni de su entorno.

Mis muertos personales aparecieron de nuevo. Un duelo acumulado y dos no resueltos. Siempre busqué seguir trabajando a pesar de ello. Me hice cargo de la empresa familiar y continue con mi trabajo habitual. Parece ser que no fue lo más correcto por mi parte, aunque no fui consciente hasta unos años después.

Pensaba a menudo en mi muerte, en una enfermedad propia, en una fecha de caducidad con mi nombre. Me paré. Me recogí, di un paso atrás para buscar e intentar recuperar los trozos y volver a unirlos. En eso estoy, a veces cuando no pasa nada, pasa todo.

Sin embargo, parece que sigo atrayendo historias de vida parecidas a las que he vivido durante años. Continúo haciendo acompañamiento y utilizando lo que aprendí en mi trabajo o quehacer diario, como me gusta llamarlo. El padre de un vecino falleció hace poco de una enfermedad oncológica y, aunque era atendido por su equipo de Cuidados Paliativos, me llamó y compartimos las últimas semanas hasta que llegó el final. La mujer de un amigo mantiene una mala relación con su cuerpo y con mi amigo tras una mastectomía que, quien sabe si la habrá salvado de morir más adelante, ojalá. La hermana de otro amigo falleció hace unos meses de un silencioso carcinoma de ovarios, y también estuve allí.

Cuando voy a comprar comida al sitio habitual, el carnicero me cuenta un día que su padre padece una demencia con tintes agresivos, pero lo peor es que convive con un hijo alcohólico que se ocupa más bien poco, bastante tiene con lo suyo y con sus varios ´´Proyectos Hombre¨ iniciados, sin conseguir llegar al objetivo. Me hace una copia del informe médico, a ver si puedo hablar con su doctora y echarle una mano.

Una amiga me cuenta que a su hija le han diagnosticado una endometriosis y que probablemente no podrá ser abuela, le digo que no se preocupe, que eso es lo de menos. Casi se enfada.

También me encuentro a gente que derrocha sonrisas y buen querer. A veces, a pesar de los pesares. Ahí me quedo un rato largo.

Han sido años de pérdidas, pero también de hermosos encuentros. No puedo estar más agradecida a la vida.

 Así que mis Carreteras Secundarias continúan, con sus curvas, sus cambios de rasante y su variado y maravilloso entorno.

 

viernes, 20 de julio de 2018

ToDo PaReCe uN SueÑo...


Sentadas en la cama, en su habitación de niña todavía, María llora y yo estoy con ella. “Siento rabia, estoy muy enfadada, dice entre sollozos, pero no por lo que yo estoy sufriendo y lo que me queda… sino porque no entiendo por qué a él, a mi padre. A veces lo cogería por la pechera y le gritaría: no quiero, no puedo soportarlo, no a ti,… Cúrate, por favor cúrate ya!!... Y sigo viviendo, y la vida claro que es bonita, pero tengo eso que no me deja ver más allá, que no me deja disfrutar. Como si llevara unas gafas que tiñen de oscuro todo”.

La enfermedad ha llegado como un tornado, poniendo patas arriba la vida de él, la de su esposa y la de sus dos hijos. Diagnosticado hace menos de un año, el tumor cerebral ha progresado rápidamente, sin apenas darles tiempo a pensar qué está ocurriendo. Muchas veces pienso que todo esto es un sueño, y que vamos a despertar en cualquier momento. Que todo es mentira”. Su madre asiente mientras la mira desconsolada.

Su padre dormita en el sofá de la sala, con los ojos cerrados creo que nos escucha. “Creemos que no sabe nada y seguimos disimulando y diciéndole que todo pasará, que es una mala racha. No sabes lo que nos cuesta!”.

Sin embargo, al preguntarle por qué le ingresaron, me ha mirado y ha empezado a llorar. Sabe, claro que sabe, como la mayoría de nuestros pacientes. Los pactos de silencio puros son excepcionales, en gran parte de los casos el paciente no desea verbalizar sus temores y sus certidumbres, muchas veces por no añadir más dolor a los que quiere y otras por no estar mirando continuamente a la enfermedad y a su final. 

Además, las cosas cuando las pronuncias ya no tienen vuelta atrás. Ya son.

El cuerpo habla y ellos lo escuchan, su sensibilidad se agudiza, se multiplica por mil, se observan todos los detalles hasta los más nimios. Se escudriñan los silencios, las miradas, los gestos, los ojos enrojecidos, las frases a medias, las mentiras piadosas, las palabras de consuelo, que ahora sólo son eso, palabras vacías.

Ya en la puerta, su esposa, llorando y secándose con la mano las lágrimas tal como asoman a sus ojos, me dice que quiere seguir manteniendo “el tipo”. Todo es lícito, cada uno lo vive como puede, no tanto como quiere, no juzgamos, pero le digo que también se dé permiso para flaquear, para llorar… incluso con él si así surge. “No, no quiero por mis hijos… sobretodo el mayor, que no habla, que aún no ha expresado dolor o rabia o pena. Nada”. Piensa que quizás se contienen por ti, le digo,… y por él. Y todos disimuláis, todos “mantenéis el tipo”, cada uno aislado en su casilla, como si no pasara nada… Pero si, está pasando algo, algo que no olvidaréis nunca y que os marcará para siempre en función de cómo lo viváis ahora.


Cuando salgo del domicilio me doy cuenta de que han pasado casi dos horas desde que entré. El tiempo pasa volando, para todos.




domingo, 24 de junio de 2018

ViDaS GRaNDeS...


Isidro llegó a la residencia hace casi 7 años. La casa se les hizo grande cuando falleció su hijo, que apareció ahorcado en el patio trasero tras años de “depresión”, según nos cuenta. Su esposa y él metieron en una maleta y varias bolsas lo imprescindible y huyeron del lugar que les había dado cobijo durante toda una vida.

Se instalaron en la residencia de un pueblo cercano y comenzaron las nuevas rutinas. Al poco tiempo él se cayó y se fracturó la cadera, “yo nunca tomé medicación, pero aquí empezaron a darme pastillas en la cena…”.

Pasaban sus días tranquilos y acompañados. “Estábamos bien, la gente es muy amable. Ayudábamos en el huerto y mi mujer, a veces, en la cocina, hacíamos dibujos en las clases de pintura y también gimnasia”. Hace 20 días su esposa falleció, repentinamente, una madrugada en la cama de al lado. Nos lo cuenta despacio, masticando las palabras, parece que todavía se le hacen "bola" y no puede tragarlas.

“Cuando lo de la cadera, me vieron una mancha en el pulmón, dijeron que venía de la próstata. Pero yo, aún con todo, estoy bien. No me duele nada. De todas formas si quieren venir a verme, estaré encantado.” Cuando salimos escucho que le dice a mi compañero: Hacéis buena pareja… cuídala, no la dejes escapar.”

Como ocurre a menudo, salimos sonriendo. A veces, no es el caso, aunque duela.