Este es el blog de un equipo de Cuidados Paliativos... trabajamos "a pie de cama", en el domicilio del paciente, en su espacio más íntimo y personal.

Todos los días hay un viaje distinto, duro, sorprendente, triste, emocionante... y con un final.

¿Nos acompañas?.



domingo, 5 de septiembre de 2021

oNDaS TRaNSVeRsALeS...


Sara está luchando desde hace años contra un pronóstico incierto que ha estado a punto de costarle la vida en más de una ocasión. Parece curada de espanto a sus 56 años.

La casa está llena de libros y su nieto corretea por el pasillo. Su marido se acerca con una bolsa de plástico de la que asoman unas hierbas y dice: “me las han dado en el trabajo, dicen que son buenas para el cáncer… no sé, por intentar más cosas… creo que lo hemos probado todo”. Se ríen los dos, ella sin querer. Se le nota agradecida, “es lo mejor que me ha pasado…” dice bajito señalándole a él. La desolación se asoma por cada poro de su piel, inundando la habitación y ahogándonos a todos.

Hablamos de lo que puede hacer desde que el dolor ha disminuido, dándole una tregua para salir a tomarse una tónica en una terraza. “Pero siempre discreta porque la gente me mira, se acerca, claro esto es un pueblo, y me preguntan, quieren saber. No lo soporto.”

Y en el mar profundo que son sus ojos echa a nadar las palabras: “sé que me muero… pero es que yo no quiero morirme”. Las palabras forman ondas entre ella y nosotras, como cuando tiras una piedra al agua quieta. Y las ondas en lugar de chocar contra la tierra o contra el muro penetran en mí, se expanden de fuera a dentro, de pequeñas a grandes haciéndome sentir toda la inmensidad del dolor que encierran. Seguimos mirándonos, el silencio abraza las otras mil palabras que nos decimos sin decir nada. La negación, la impotencia, la rabia, la tristeza, la aceptación sin remedio y todas las demás fases que uno siente después de que la realidad te haya expulsado de la vida, se pasean entre las dos.

“Aún recuerdo cuando me levantaba a las 7 para ir a trabajar y lo grandes, pero grandes, que me parecían los problemas del día a día… Y los fines de semana cuando abría los ojos y podía decidir qué quería hacer, seguir durmiendo… o hasta el infinito. Lo que daría por volver a esos tiempos…”. Es la gran diferencia entre estar vivo o casi muerto.

Sin moverse apenas me coge la mano. Después sonríe como si se hubiera quitado un peso y me hubiera reconocido en el hueco que lo recoge.

Hay instantes que son tan grandes como toda una vida. Y cómo afrontar el día a día tras ellos?

Yo lo sé, aunque sigo dudando. Cada día sé con más certeza lo que no quiero y en lo que quiero creer, pero… y ella? Cómo son sus días y sus noches? Qué ha dejado de querer y en qué ha empezado a creer sin descanso? Qué fondo de pantalla se ha instalado en su vida y le acosa, aunque quiera mirar hacia otro lado?

Las respuestas son duras y uno casi no se atreve a pronunciarlas... menos imaginarlas.

 

 

miércoles, 1 de septiembre de 2021

La eSTReLLa Que MáS BRiLLa...


Hace muy poco falleció mi amiga Paula.

Nos vimos en pocas ocasiones, pero fue una persona cercana y para nada ajena.

La enfermedad comenzó hace 5 años, y durante 5 años no ha podido pensar en otra cosa. Es lo que tiene esta enfermedad, que cuando anida en ti no puedes pensar en otra cosa. Te levantas con propósitos y objetivos y, sin embargo, ahí está ella desde primera hora de la mañana recordándote que ya no eres tú el que crea sino ella la que dirige tus pasos. Dejas de inventar el día a día, dejas de sonreír al cielo y de pintar colores y pasas, en un abrir y cerrar de ojos, a ver la vida en blanco y negro, más negro que blanco. Dejas de caminar por un sendero a entrar en el bosque más espeso y oscuro que puedas imaginar. Y, además, sin salida.

Paula era una artista, tenía manos de titiritero y hacía magia con ellas. También de la mano de la enfermedad comenzó a escribir. Plasmar su interior le ayudaba a espantar a los fantasmas y a alejar el miedo. Porque la mente, en esas ocasiones, se aferra a un pensamiento único y cuando el pensamiento se hace nudo, cuando el circulo se cierra sobre ti y la realidad se emponzoña y te atrapa, de alguna manera tienes que aprender a sobrevivir.  

Cuando la vida se te hace bola y amenaza con engullirte entera, cuando el horizonte desaparece y ya nada más importa, intentas aprovechar hasta la última miga del pastel.

Porque Paula aprendió a sobrevivir. Durante estos años se deslizó sobre sus hijos y su pareja, bailó con ellos a su ritmo. Luchaba como nadie y estuvo activa y viva a pesar de los efectos secundarios del tratamiento, a pesar de las recaídas, a pesar de saber que ya no había más.

Sonreía, sonreía y sonreía. Vivía, vivía y vivía.

Su blog se llama La estrella que más brilla (encontramos este título una tarde de hace 5 años) y merece MuCHo la pena.

 

Un beso Paula, allá donde estés.

 

 

lunes, 16 de agosto de 2021

Lo Que Se NoMBRa Ya eS...


Me muevo a través de la bruma y descubro que todo sigue, que todo nace y muere y mientras tanto vive. Amanezco del sueño y vibro con la vida que acompaña al proceso de morir.

No reconozco tanto al ser que muere como al que ha vivido. En los ojos, que es lo último que muere, percibo la rotundidad que envuelve lo que ya está hecho, lo que ya fue dicho.  No hay dudas. Tal como nos dijo Emilio abrazándonos el día anterior a fallecer: Ya no nos veremos más… yo ya me voy”. La paz que acompaña al último aliento nos da fuerzas para continuar, para seguir viviendo hasta el final, hasta ese final conocido, aunque dé miedo nombrarlo porque aquello que se nombra ya es.

Isabel quiere hablar con nosotras a solas. Cuando conseguimos controlar ese dolor que le impedía incluso sentarse, empezó a vestirse de colores, se pintaba y salía a la calle,… pero ya. Ha tenido una vida dura, ha sido alcohólica (“lo soy, nunca se sabe…”), ha sufrido malos tratos, tiene una hija con una deficiencia psíquica que cree que fue por culpa suya y la posguerra solo le trajo miseria. Con mucha calma dice: “No hay nada para terminar ya? Llevo mucho tiempo pensándolo y no quiero decírselo a mi hija, pero ya me siento como un objeto, como un trasto viejo que molesta en cualquier lado. Todo lo que digo o hago les fastidia. Ya soy una carga muy pesada. Por favor ayudadme a acabar  con esto, no puedo más”.

Pedro ha vivido intensamente. Ha viajado por todo el mundo y tiene un don de gentes que le ha abierto casi todas las puertas pero, aunque es joven, sabe que la vida se le va. “Hay días en que quiero morirme, no aguanto la incertidumbre de cuándo y cómo será. Pero otros días, como hoy, no me quiero morir. Los silencios acompañan a sus palabras, los nuestros y los suyos. Sus mellizas de apenas 20 años lloran en la terraza.

Desde el fondo de la cama, rodeado de almohadones para evitar ulcerarse, Ángel con un hilo de voz nos dice: “Seguro que os han dicho que no sé nada. Pero claro que sé. Sé que me estoy muriendo y sólo quiero que sea sin sufrimiento. Sé que podéis hacerlo.”

Sois ángeles nos dicen, incluso nos lo escriben en preciosas cartas de agradecimiento. Que aún se agradecen más porque no has conseguido salvar a nadie sino ayudar a irse a alguien.

No me considero un ángel. Tras una cuarentena de casi 3 semanas sé que soy vulnerable, ya lo sabía, y sé que a veces la distancia que intento crear para poder trabajar mejor, se deshace y me caigo de bruces… a mis años!!

 

 

domingo, 21 de febrero de 2021

uN áNGeL Ha VueLTo aL CieLo...


 

Mientras subíamos en coche a darle el último beso sonó esta canción: “… El futuro es una acuarela y tu vida un lienzo que colorear.”

Ella nos dio todos los colores para que pudiéramos dibujar la vida a nuestro antojo, para pintar el cuadro más hermoso del mundo.

Ella construyó siempre con amor.


Nos dejó su sonrisa, esa que que abre todas las puertas y acomoda los muebles.

Nos dejó su mirada, la que te acompaña mientras te acuna.

Nos dejó su silencio atento, su escucha incondicional.

Nos dejó su calor inmenso, el que abraza y te recoloca las piezas.

Nos dejó la caricia de sus manos, la que corteja y enamora.

Nos dejó su paz.

… Así era mamá.


Pero quiero pensar que se fue con todo puesto, que se lo llevó todo porque volvía a casa…

Ayer, un ángel subió al cielo.

 



sábado, 23 de enero de 2021

ReaLiDaDeS PaRaLeLaS...


Enrique agoniza en su cama mientras su mujer y sus dos hijos discuten sobre qué harán con la herencia cuando su padre fallezca. Las voces se oyen desde la cocina. Su padre ha precisado dosis más altas de morfina en los últimos días.

Mami y su esposa huyeron de su país buscando alguna promesa oída al vuelo, se la jugaron e iniciaron su vida dejando a sus hijos en casa con la abuela. Trabajaron duro, mandaron dinero a casa, vivieron. Ahora ella está enferma, su tumor no ha dejado de progresar en los últimos meses, ya ve el final. Quiere morir en su casa, con su madre y sus hijos. Han trabajado de temporeros durante casi 20 años y desde que ella cayó enferma su marido se dedica a cuidarla, no hay nadie más. Ahora cobra el ingreso mínimo vital y ha ahorrado lo suficiente para comprar 2 billetes a Senegal. Estamos intentando facilitarle las ayudas posibles y que el tumor cerebral nos deje viajar sin muchas dificultades. Ojalá lleguemos a tiempo.

Es difícil imaginar a una pareja joven buscando el pueblo más apartado del mundo para iniciar una etapa nueva. Eso hicieron Angela y su pareja hace ya diez años. Huyeron de un trabajo que les exigía demasiado compromiso emocional, buceando entre los sentimientos de mujeres maltratadas, algunas viviendo en la calle. También huían de una violación salvaje. Es difícil imaginar a esta mujer que se desvive por su pareja, con quince años y una escopeta a la puerta de la iglesia esperando al cura. Bruno ya depende para todo de su compañera, apenas mantiene una conversación sencilla y no puede desplazarse solo al baño. Rubia, la perra con la que se ha recorrido el monte durante estos años, tampoco se separa de su lado. Han tejido una red social con los 4 vecinos del pueblo, literal, 4. Uno les ayuda con las cabras, otro les trae comida desde el pueblo más cercano. La alcaldesa les sube la medicación que necesitan. Les cortan leña y se la llevan a casa. Angela no puede estar más agradecida.

Eduardo falleció en Navidad. Su mujer, sus 3 hijas y su nieta vivieron todo el proceso junto a él. Eduardo nos pidió la eutanasia en alguna ocasión, siempre coincidiendo con episodios de dolor mal controlado. Conseguíamos llegar a un acuerdo… si controlábamos el dolor seguiríamos adelante, si no volveríamos a hablar. Logramos que viviera unos meses tranquilo y disfrutando de sus paseos. Él conversaba con su familia acerca de cómo quería que fueran las cosas después de su muerte, habló con cada una de ellas por separado días antes de fallecer. Se despidió. La casa se preparaba para la Navidad, Eduardo las oía canturrear por la cocina, siempre había música en casa. Nos lo contaba sonriente. “No me falléis”, nos decía. Y allí estuvimos hasta el final, no hizo falta volver a hablar de eutanasia.

Antonio está pendiente de un juicio. Nos requieren un informe médico que valide su testimonio o que justifique el hecho de no poder hacerlo. Desde hace unos días se encuentra encamado y desorientado. Mientras ponemos una vía subcutánea porque ha perdido la vía oral, y aumentamos la analgesia basal porque el dolor se ha apoderado de él, recuerdo que tenemos que hacer el informe antes de los 10 días… hábiles.

 


Pilar ha fallecido tranquila, sin dolor, sin sufrimiento. “Es lo que quería, ella y yo. Gracias por hacer posible que falleciera en su cama, conmigo al lado.”

Olga nos ha mandado por escrito una queja. Entiendo y comparto su rabia. Su padre falleció en fin de semana, antes de que pudiéramos ir a visitarlo. Estaba en lista de espera. Tuvo una mala muerte. No existe atención, ni siquiera telefónica, durante el fin de semana. Para los cuidadores y también para que los servicios de atención continuada pudieran llamarnos si nos necesitan. Y más en zonas con gran dispersión geográfica. Una pena porque llevamos años pidiendo eso… y más.

Gregoria vive en una residencia desde hace años. Lleva a cuestas la enfermedad del olvido y se asusta cuando nos acercamos a ella y la tocamos a través del vinilo. Luego se ríe y pinta, pinta sin parar. Nos ha pintado y nos lo ha regalado.

María y Pedro son primos. Tuvieron 2 hijos, uno de ellos falleció joven, el otro vive con ellos, tiene 50 años y padece un trastorno límite de la personalidad. Su madre nos lo explica mientras le coge de la mano y se remueve entre los numerosos muebles de la habitación, que de inicio fue biblioteca y cuarto de estudio (su hijo empezó la carrera de derecho), después comedor y ahora dormitorio. Pedro nos dice que lo que más le preocupa es no tener apetito, "porque al dolor uno se acostumbra...". María toma nota de lo que le decimos, lo apunta cuidadosamente. Igual maneja un parche de fentanilo que carga una ampolla de morfina. “Sobre todo que no sufra…”.

Carmen, esposa y joven cuidadora de su marido con ELA,  nos pregunta: “Y cuando llegue el momento… qué hago?. Cómo sabré que ése es el momento?”. Uno no cuida como quiere, sino como puede.

 

Y al mismo tiempo leo, y veo, números, muertos, enfermos, vacunas, curvas, medias verdades, victimismo, prepotencia, discusiones, absurdeces, inseguridades, miedo, incertidumbre, agotamiento… en fin, oTRo uNiVeRSo. ReaLiDaDeS PaRaLeLaS.



lunes, 2 de noviembre de 2020

La SueRTe...

Acabo de ver como una luna grande, naranja y perezosa se asoma lentamente a la plaza donde vivo. Inmensa, sola y colgada del cielo con el único apoyo de su fuerza, despliega todos sus encantos ante mí. Asombrada, asisto al prodigio que ocurre cada día, uno más que disfrutaríamos si no estuviéramos siempre mirando al suelo, pasando por nuestro ombligo, y lamentándonos de nuestra “mala suerte” y “que mierda todo”.

Carmen, médico intensivista de 50 años, nos mira con ojos cansados. Sale de guardia… la rigidez de sus gestos y el pelo recogido de cualquier manera nos dan a entender que necesita descansar. Su discurso es triste y nervioso, interrumpido en ocasiones por el llanto.

Hace días que estamos a tope, más de la mitad de las camas son de covid. Cuando entra un paciente con coronavirus sabes que, si no fallece antes, va a estar unas semanas ingresado en la unidad. Los pacientes con otras patologías suelen estar menos tiempo, se van de alta a planta, y queda la cama libre antes. Hay pacientes de todas las edades, a veces me sorprendo pensando que si el de cama 6, que tiene 82 años, falleciera (ojalá!), podría dar entrada a otro de 41, con una neumonía bilateral y que está en planta muy mal. No me reconozco… me doy miedo.

Aquí sabes que si haces puede vivir, si no haces no, pero en estos pacientes, aunque hagas, nunca sabes. Y luego están las secuelas...

En la UCI siempre ha habido criterios de ingreso, en función de las patologías previas y, sobre todo, de la calidad de vida previa… y en qué esperamos conseguir tras su ingreso en la unidad, en qué condiciones y calidad de vida esperamos que salga el paciente. Todo esto se habla y se consensua con la familia… siempre. Hasta ahora.

Por teléfono les decimos a las familias que su familiar se está muriendo… y que no pueden entrar a despedirse. Es muy, muy duro. Hace poco la hija de un paciente que vive en Francia nos dijo que se ponía en camino, que quería verlo, por favor… no pudo ser. Paramos los golpes. Muchos días me voy a casa llorando, nunca imaginé que tendría que vivir esto.

Yo… mataría por ver a mi madre y darle el último beso.

 

Yo… también.

 


jueves, 1 de octubre de 2020

DeMaSiaDa SoLeDaD...

Solo con la enfermedad, solo con el miedo, solo con el no futuro. Demasiadas soledades juntas.

Él, callado, me mira me descubre. Yo sigo callada, calma. Le pregunto: Qué has hecho hoy?

Nos habían avisado de que era un domicilio complicado, de difícil manejo. Había tenido problemas con varios profesionales de la sanidad. En el último ingreso pidió el alta voluntaria. No aguantaba más, nadie comprendía lo que estaba viviendo, me trataban como a un niño malcriado. Iba a volverme loco!

Hasta hace 1 mes regentaba una tienda de muebles. Viajaba por toda España visitando anticuarios. Continuando una saga familiar, de varias generaciones. Quizás mi hijo siga el rastro, no sé, aún es joven…

Ricardo tiene apenas 40 años y un recientemente diagnosticado cáncer de páncreas en progresión. Cuando le dijeron que no era candidato a tratamiento activo aguantó el tipo, estoy acostumbrado a negociar, a recibir guantazos… Pero al llegar a casa caí en la cuenta! Ya está, se acabó.

Llora, solo. Su ex mujer aguanta las lágrimas, en segundo plano, lejos.

Por qué? No lo entiendo, esto no debería estar pasando. Me quedan tantas cosas por hacer… Cuando lo pienso, creo que no tengo miedo a lo que hay tras la muerte… algo habrá. Lo que me duele es todo lo que dejo aquí… y, quizás, las cosas de las que no me he podido arrepentir ni alegrar porque no las he hecho, no las he vivido. Quedaba tanto… y ya no queda nada.

Sigue solo. Mira hacia el haz de luz que entra por la ventana abierta. Miles de motas de polvo en suspensión. Soledad y silencio.

Tú que puedes, aprovecha hasta la última gota, no dejes de hacer lo que te pida el corazón. Y si puedes acompañarme, hazlo.

Cuando salgo a la calle me sacudo como los perros al salir del agua. Respiro profundo y me imagino un haz de luz, lleno de motas de polvo en suspensión, que entra por mi cabeza y sale por mis pies (bien asentados en el suelo) al tiempo que deja una estela de amor y paz en mi interior.

 

sábado, 29 de agosto de 2020

aHí SeGuiMoS...

Y seguimos mascarilla en rostro, doble guante, bata, pelo recogido, sudando, moviéndonos por la casa acompañadas por el roce del tejido ajeno, acorazadas… y con ganas, muchas ganas. Siempre nos hemos puesto el listón alto, pero ahora es diferente y aunque queramos llegar a todo, no llegamos. Los domicilios son más distantes, las familias se sienten más aisladas y los pacientes se quedan en el limbo del ojalá lleguen a tiempo.

El trabajo ha aumentado en estos tiempos raros, se necesitan camas en el hospital por un por si acaso, a veces las altas son más tempranas y no siempre en las condiciones adecuadas, los médicos de primaria están sobrecargados... Nuestro listado de pacientes crece sin cesar y el teléfono echa humo. Es una frustración no poder llegar a tiempo a todo y a todos.

A pesar de ello, seguimos con emoción y pasión.

Isidro nos dice que ya no puede con su cuerpo… quizás su alma ya está entrando en otro lugar más liviano.

Elisa nos mira y ahoga una risa, mira a su hija, luego a nosotras, de nuevo a su hija y pregunta: Pero qué es esto? Son las médicas, mamá. Ah! Bueno, pensaba que me iban a hacer algo!

La hija de Elena nos dice que su madre está alucinando desde ayer: Dice que habla con su padre, que está aquí en la habitación, y que la está esperando. No hace más que sonreír, está muy tranquila.

Juan no quiere vivir porque su mujer está en una residencia y no puede verla, mucho menos abrazarla y quererla.

A los hijos de Luis los acompañamos a la habitación de la residencia para que puedan despedirse de su padre, ya en agonía.

La esposa de Mario dio positivo y aunque ya ha pasado la cuarentena, nadie quiere venir a verlo. Hacemos una pequeña reunión con sus hijos en la casa, ellos en el jardín con su padre y el perro y ella desde otra habitación les habla por Skype, por si acaso…

Lucía está muy triste porque en la última consulta han desestimado continuar el tratamiento oncológico, y aquí me he quedado, mejor dicho, aquí me han dejado… No tengo miedo a morir, pero no quiero estar sola.

Eva no sabe si hizo bien en sacar a su madre de la residencia, es que no puedo con todo.

Fernando abrió los ojos y se despidió de nosotras un viernes: No creo que volvamos a vernos, esto va muy rápido. Gracias y sobre todo sed felices.


El amor se expande, se contagia. Si no, no es. La felicidad también.

 

 

jueves, 25 de junio de 2020

LaS DeSPeDiDaS...



En general, las despedidas duelen. Unas menos, otras más y algunas, incluso, son un alivio.

Esta mañana nos hemos despedido de Pepe, de su perro, de su hija y de sus nietas. Y ha sido doloroso. Su dulzura, su querer hacerse el fuerte, su respeto, su sonrisa, su dignidad,… nos han dicho “adiós, hasta mañana”, mientras nos guiñaba un ojo.

Pepe nació en el sur, al final de la guerra civil. Vivió la posguerra, sufrió el hambre y el olvido de los vencidos. Sacó adelante una familia y por el camino perdió a su mujer y a un hijo. Cuando se jubiló siguió viviendo solo en su tierra, mecido por la ausencia y el mar.

Cuando cayó enfermo, su hija lo rescató del infierno de los recuerdos y se lo llevó, a regañadientes, a vivir con ella al pueblo. Allí ha encontrado una familia que le ha hecho sentirse mejor que nunca, a pesar de todo, durante los dos últimos años.

Pepe ha hecho amigos en el pueblo. Casi todas las tardes salía a tomar un café al bar y, como le gusta hablar, liaba la hebra con cualquier vecino. Poco a poco el progreso de la enfermedad y la debilidad unida a ello, le han hecho pasar más ratos en casa. Mira los telediarios y está al día de lo que ocurre en el mundo. Señala nuestras mascarillas y nos dice: “cómo os las han robado, eh?. Y las pruebas… a que no os han hecho las pruebas?”. Tiene una sonrisa que enamora y unos ojos que hablan, y que hoy nos decían a gritos lo que la boca callaba… hasta ahora, hasta esta noche: “Nena, me ahogo”. Y a nosotras, con la voz entrecortada por la fatiga, luchando por no ahogarse: “No puedo más, mis pulmones han llegado ya al límite”.

En la primera visita, y mientras el perro dormía confiado en su regazo, nos dijo “cuando me mira fijo y no aparta la vista, significa que al día siguiente, o como mucho a los dos días, se me llevan al hospital. No sé cómo lo sabe!”. Siempre que podía nos esperaba asomado al balcón, y desde allí nos decía adiós con la mano al irnos.

Desde ayer el perro no deja de mirarme, nos ha dicho esta mañana, y esta vez no quiero ir al hospital”.

En las paredes de su habitación hay dibujos de sus nietas clavados con chinchetas. Desde el salón, lleno de juguetes, y mientras preparamos el infusor, escuchamos a la niña de cuatro años:Mamá, por qué el abuelito no quiere hablarme?




viernes, 19 de junio de 2020

MaLoS TieMPoS...



Hace tiempo que la distancia invade mi trabajo, que la soledad se hace fuerte en las habitaciones y la falta de caricias (aunque alguna se escapa a través del guante azul) acompaña nuestras palabras. El miedo se toca y el silencio se esconde tras los muebles, mientras la sonrisa brota en los ojos que asoman por encima de la mascarilla.

Qué difícil se nos hace llegar a los pacientes y sus familias… Simplemente acercarnos. Y ya no digamos abordar la comunicación, caminar hacia lo emocional, a lo espiritual. Qué lejos! No se trabaja a gusto, nunca te queda la sensación de haber hecho las cosas bien. Siempre falta, siempre sobra.

No es fácil resumir estos meses, plasmar lo sentido y lo vivido. Muy duro. Realmente complicado. Buscando recursos y conformándote con menos; casi con nada apenas nos volvíamos de nuevo, hasta mañana.

La gente se quedaba en casa. La gente recelaba de todo y se quedaba en casa. La gente tenía miedo a salir de casa. La gente no quería ir al hospital cuando se encontraban mal. La gente ni se asomaba al centro de salud. Si tenían suerte y no comunicaba podían hablar por teléfono con un médico, que a través de las ondas les recomendaba un tratamiento… por favor, por favor, que no tenga que subir a urgencias!. La gente se moría de ganas de ver a sus hijos, a sus nietos, pero no querían verlos por más miedo.

El susto se instalaba en sus cuerpos cuando nos veían vestidas de esa manera, unos ojos y una voz en el aire. También se apoderaba de nosotras cuando el espejo del ascensor nos devolvía el reflejo, o si en el dormitorio nos sorprendía nuestra imagen en la puerta del armario. Sudábamos, las gomas se nos marcaban en la cara, nos sentíamos casi tan aisladas como ellos, tan y tan ajenas al entorno. La gente se apartaba, creo que lo tengo aunque no me han hecho la prueba, pero y si no? Y si me lo pegan y yo se lo pego a mi familiar enfermo?. La sospecha siempre flotando en el aire.

La gente ha muerto sola, muy sola. Bajo llave, en una habitación de la planta de los contaminados, cuyo ansiado giro solo se oía a las horas de comer… y si se olvidan de que estoy aquí?, Y si me muero solo?. Angustia entre cuatro paredes, miedo absoluto, soledad eterna.

Hemos acompañado, hemos tocado a través del látex, hemos hablado desde el otro lado de la mascarilla, hemos escuchado a través de las telas. Hemos dado, nos han dado. Hemos visto cosas que nunca hubiéramos querido ver. Desde la inmensidad del dolor de la enfermedad terminal, el dolor de la soledad trazaba una nueva ruta, más dolorosa todavía. Desde el dolor de la despedida, la ausencia de caricias sumaba un nuevo paisaje más nublado y gris. Desde el dolor del dolor, el silencio dibujaba fantasmas en las paredes, evocaba lamentos de otras épocas, fundía el presente, el pasado y el futuro en un mismo grito desesperado. Dolor al cuadrado, al cubo, dolor a la enésima potencia.

El dolor duele aunque uno no lo sufra física ni emocionalmente, porque el dolor también trasciende, el dolor traspasa y engulle. Y como Jonás en el vientre de la ballena, hemos vivido en la oscuridad, buscando a tientas la salida e invocando al universo en busca de sentido.

Sin embargo, y al mismo tiempo, el verde, el azul y el dorado se han apoderado del planeta. La naturaleza ha respirado, se ha desparramado. Ha disminuido nuestra continua agresión hacia todo lo vivo, seamos o no seamos nosotros. El ser más destructivo de la tierra, y a la vez  el más hermoso, se ha quedado quieto. Pero... era necesario hacerlo así?




lunes, 11 de mayo de 2020

HaCeR...


Día 28 de la epidemia
Amanece con una ligera llovizna sobre la ciudad. Silencio. Un cielo gris plomizo se refleja en las ventanas de las casas como espejos de tristeza. Poco a poco la habitación se va iluminando destacando formas sobre las sombras que amenazadoras se ciernen sobre mí, mezcladas con los recuerdos de la mirada angustiosa de los últimos pacientes que había visto unas pocas horas atrás.
Instintivamente me toco la frente, no está caliente, respiro aliviado pero me aseguro, 36,4º. Puedo volver a trabajar, mañana quizá no. Este virus endemoniado, invisible al mundo y camuflado en todas partes acecha a cualquiera que se cruce en su camino. Me asomo en el dintel de la ventana y no veo a nadie, ha desaparecido el bullicio de las primeras horas del día de una gran ciudad, como si todo se hubiera evaporado, como el día después de una fuga nuclear. Me da miedo respirar, pero aun así, cojo todo el aire que puedo en un intento de buscar un poco de paz interior y comprobar que estoy vivo. En la lejanía se oye una sirena que se va acercando con enorme rapidez y veo fugazmente, soporte vital avanzado. Comienza un nuevo día de supervivencia.
Entro en mi sala de esterilización particular, lavabo, ducha, papel secante, jabón, alcohol, desinfectante, guantes, mascarillas y un kit de matar virus en mi mente imaginaria. Comienzo mi ritual de aseo y me acuerdo de mis pacientes con trastorno obsesivo compulsivo a los cuales voy a terminar dándoles la razón ya que ahora estoy más enfermo que ellos. Inconscientemente, acuden a mi mente imágenes de desastres mundiales, guerras, hambrunas, terremotos, etc. como preparando a este cerebro lo que me puede deparar un nuevo día. Trato de no pensar más y concentrarme en los pasos siguientes.
Pongo un humeante café en un vaso de cartón, desechable claro, algo para comer y todo previo lavado de nuevo de manos como si fuera un mandato divino o un mantra instalado en mi mente reptiliana. Hago un intento de ver la prensa pero ahí se queda, ya sé lo que voy a ver, muertos y más muertos, un número frío dentro de una curva que dicen se aplana. Lentamente voy a por el coche y empieza un nuevo día.
Veo las torres cónicas vestidas de azulejos blancos y azules coronando una estructura de color crema con ventanas que las remata un doble arco perfectamente redondeado, en una hilera perfecta como una mesnada de soldados que defienden una buena causa. Creo adivinar tras el cristal, una persona con la cara muy pálida pero con una mirada de esperanza, él es nuestra razón de ser. Automáticamente se abre una puerta y me cruzo con los ojos expresivos de cada persona a las que reconozco aun con la cara enmascarada. Son las personas de mi hospital.
Un hermano de la orden, en su día quiso construir el mejor hospital del mundo, un objetivo de enorme grandeza, pero lo verdaderamente importante eran las personas que ladrillo a ladrillo fueron capaces de colocar con mimo y sabiduría cada pieza perfectamente alineada con la siguiente dando lo mejor de sí mismos. La grandeza no es un proyecto, no es una gran estructura, vive y existe en todos nosotros, sabemos quiénes somos, lo que queremos, en lo que creemos y para quienes damos nuestra vida. Por eso somos grandes, enormes, con una capacidad de dar que pocas personas poseen.

Cuando los demás se van, tú sigues trabajando. Cuando los demás disfrutan, tú sigues trabajando, cuándo los demás duermen, tú sigues trabajando. Y siempre dando lo mejor de uno mismo, con toda la empatía y las habilidades desarrolladas a base de duro trabajo, haciéndolo de una manera excelente, cuidando a los enfermos con mimo y delicadeza, atendiendo el mínimo detalle. Y las familias que sufren muchas veces en silencio, nos tienen a su lado.
Me dirijo a ti que limpias la habitación dejándola perfecta, o a ti que preparas la comida para que suba caliente, a ti que a la vez que curas te preocupas de lo que siente el paciente, a ti que estás con papeles todo el día para que todo fluya armónicamente, a ti que eres capaz de dar esperanza a un enfermo mientras lo aseas, a ti que con enorme delicadeza entras en un domicilio, y a todos los que cada día tratáis de no decir, si no de hacer las cosas bien. Sois excelentes.
Una vez oí un discurso que se me quedó grabado en la memoria acerca de nuestros sueños. Todos tenemos un sueño. Tú tienes un sueño. No importa cuán difícil, decepcionante, frustrante sea alcanzarlo. Porque si lo tienes en tu cabeza es posible alcanzarlo. Es necesario que te desarrolles a ti mismo, que saques de tu vida a los que te roban la energía, a la gente que no quiere nada, a gente que está retándose a sí misma, a gente que no está creciendo y que dejó de soñar. Es necesario que atraigas a personas que se puedan aliar en tu sueño, que tengan hambre, que no se conformen con lo que les ha tocado vivir. Entonces, si es posible.
Trabajamos y nos desarrollamos en equipo, donde todos y cada uno da lo mejor, donde el talento mediante el trabajo diario de las habilidades, se desarrolla e impregna al de al lado, donde todos aprenden y se benefician, en el que objetivo del logro se consigue con el esfuerzo individual y compartido, donde todos ganan y nadie pierde, donde se da la máxima expresión del afecto y del dolor. Es el equipo el que da respuesta a las necesidades. Y todos equipos de trabajo, todos sin excepción, su finalidad y su centro de atención es el paciente y su familia. Ese es el reto, todas decisiones que se toman van dirigidas a ellos, nunca a nosotros mismos.

Día 58 de la epidemia
Habéis sido capaces entre todos de superar una de las peores crisis que se han dado a nivel sanitario, ha sido un reto para todos. Y solo se ha conseguido unidos, trabajando todos los equipos para un fin muy concreto, atender a los más vulnerables, los pacientes y sus familias, teniendo en cuenta que estábamos en un escenario altamente complejo, del cual no conocíamos casi nada. Desde la individualidad de cada uno, con los miedos a enfermar, a enfrentarse a lo desconocido, os pusisteis a trabajar juntos para superar esta crisis.
Cada uno desde su puesto de trabajo ha hecho una labor magnífica. El futuro es nuestro, seguiremos adaptándonos a las necesidades de nuestros enfermos y de la sanidad aragonesa, porque somos capaces. Tú tienes la magia de hacerlo.
Esta es la grandeza de nuestro hospital.
Ah,… y volverán los cafés con abrazos.

Emilio González.
Médico responsable de Cuidados Paliativos.
Hospital San Juan de Dios de Zaragoza