Este es el blog de un equipo de Cuidados Paliativos... trabajamos "a pie de cama", en el domicilio del paciente, en su espacio más íntimo y personal.

Todos los días hay un viaje distinto, duro, sorprendente, triste, emocionante... y con un final.

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sábado, 30 de julio de 2016

HuYeNDo HaCia La VeNTaNa...


Nos perdemos varias veces antes de llegar a la casa. Ni el GPS la encuentra y preguntando aún nos metemos en más berenjenales. Al final, un camino de tierra nos conduce a una casa rodeada de campo y árboles en medio de huertas. Hace un calor sofocante. Sin embargo, al entrar en la antigua casa, el frescor nos recibe al tiempo que un oscuro pasillo, caminando detrás de la madre de Elena, nos lleva a la habitación del fondo a la izquierda. Huele a muerte. Nunca he sabido el por qué, pero hay lugares y situaciones donde la muerte huele.
El cuarto está en penumbra y Elena, sentada en el borde de la cama con las piernas colgando, mira hacia la ventana. Caquéctica, el pelo corto, muy corto. Su aspecto muestra el agotamiento tras años de lucha sin cuartel contra la enfermedad. Cuando al principio creyó que era una maldita broma del destino, después cuando se enfrentó con todas sus fuerzas al cáncer. Más tarde, cuando en cada revisión, el terror se apoderaba de ella… Cuando terminó aceptando que no había remedio, que el final de su vida ya tenía fecha. Cuando al final cayó rendida. Cuándo?... Ahora.  
Vuelve la mirada hacia nosotras cuando entramos. Sus grandes ojos nos miran asustados, perdidos, como si todavía no acabara de entender lo que está sucediendo, ni el por qué. No es la única. Sus ojos van de nosotras al suelo, del suelo a la ventana, de la ventana a su madre,… para volver luego, de nuevo, a nosotras… esquivos, con esa forma de mirar que conozco tan bien.
Huye de la conversación, huye de su madre, huye de nosotras,… Huye hacia la ventana, hacia el universo que ha construido para alejarse de la dolorosa realidad, tras una fuerte armadura que la separa de todo. Para ella quizás no hay otra forma de vivirlo. Yo no lo sé.

La miro con toda la dulzura y comprensión de la que soy capaz, a veces más a veces menos, y me dice “me ha salido un bulto aquí, en las costillas… y me duele”. Nos sigue huyendo. De repente se mira en el espejo del armario que tiene delante, se contempla un rato y añade, en voz muy baja, “lo que más siento es que mi hijo se va a quedar solo, y mi madre… la oigo llorar todo el día. Ojalá me ayudéis a que esto sea más llevadero”.

Yo también lo deseo, Elena.
 
 
 

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