Este es el blog de un equipo de Cuidados Paliativos... trabajamos "a pie de cama", en el domicilio del paciente, en su espacio más íntimo y personal.

Todos los días hay un viaje distinto, duro, sorprendente, triste, emocionante... y con un final.

¿Nos acompañas?.



sábado, 28 de abril de 2018

DoLuS = DueLo = DoLoR...



Cuando Paula me propuso hablar sobre el duelo, pensé en todos los fallecimientos que he vivido en mi quehacer diario y en los duelos posteriores con las familias que así lo quisieron. También en mis propias pérdidas recientes y en los duelos que se amontonaron. Pero cuando, además, me habló del mundo de las pérdidas, empecé a pensar en todo lo que perdemos desde que nacemos hasta que morimos.

Desde los primeros segundos de vida en los que duele la luz, hasta los últimos, en los que el exceso de luz también duele. En todo lo que dejamos, en lo que nos abandona. En las personas que se quedaron, en las que dejamos marchar, en las que hallamos. En lo que dijimos y en lo que callamos. En lo que perdimos y en lo que sin buscar, encontramos. En el hecho de elegir, de abrir puertas que supone cerrar otras. En las capacidades y facultades que nos van dejando de lado y en las nuevas que descubrimos al faltar aquellas...

No se puede perder algo o a alguien querido sin dolor.

El duelo pone nuestro mundo conocido patas arriba, cuestiona nuestros valores, nos ayuda a aceptar y recolocar nuestra pérdida, saca el dolor y la pena desde lo más profundo, y supone, además, preguntarnos… Qué es lo realmente importante?

Somos lo que somos gracias a lo perdido y a como lo enfrentamos. Y ahí estamos… Cambiando, eligiendo, abandonando, siendo abandonados, abriendo, cerrando, perdiendo, encontrando, sin apegarnos demasiado, dejando ir,…ViVieNDo.



jueves, 5 de abril de 2018

eS uNa PeNa...



“Es una pena que la vida tenga que darte una hostia para que te des cuenta de que tienes que aprovecharla”. Es la segunda vez en menos de dos semanas que escucho esta frase.

La primera fue hace unos días durante una excursión con gente de la ONCE. Iba del brazo con Patricia o, mejor dicho, ella me cogía del brazo como suelen hacer las personas ciegas para dejarse guiar. Tiene treintantos, está separada, tiene dos hijas y un novio. Vive intensamente y ríe al mismo tiempo. El día que nos vimos, “es un decir” decía, estaba nevando y levantaba la cara hacia el cielo para sentir los copos blancos sobre su piel. Hablaba con total naturalidad de su carencia, es ciega de nacimiento y apenas distingue la luz, la claridad.

Nos acercamos a un estanque donde nadaban varios patos y dos cisnes, empecé a explicarle como eran y me cortó rápida: “Ya sé cómo son, me lo han explicado mil veces y además los he tocado… tengo la imagen. Quizás no sea como la tuya, pero yo tengo mi realidad en mi cabeza. También tengo la idea de los colores, sé que este año se llevan los rosas y que hay varias clases de rosas, me lo han dicho mis hijas. El rosa chicle me encanta. El azul marino no me gusta nada, es muy triste”.


Cada vez que entramos a un lugar cerrado, se quita la capucha y se arregla el pelo con la mano.

“No necesito tocar la cara de las personas para conocerlas, me guío por la voz y lo que siento al estar cerca“. “Eso de que los ciegos tenemos más desarrollados los demás sentidos es un cuento. Lo que ocurre es que los utilizamos y vosotros no.” “A mi de niña nadie me dijo,…  nunca escuché a mis padres decirme: esto no puedes hacerlo por tu limitación. Así que  puedo hacer todo lo que me proponga… y lo hago.”


La segunda vez ha sido esta mañana. Maite tiene casi 50 años y un melanoma en progresión. Pasa la mayor parte del día en la cama. Se siente tan cansada que levantarse para ir al baño se le antoja una odisea… de apenas cuatro metros. Lo intento, pero soy incapaz de imaginar cómo es su agotamiento.

Nos ha preguntado por el campo. Le hemos contado… verde, amarillo, lila, flores blancas en los almendros y los cerezos, empieza el rojo de las amapolas… “Esta tarde intentaré salir a ver algún almendro…. Son tan bonitos! Tengo que hacerlo… porque después ya no….”. La frase se ha quedado congelada en algún rincón de la habitación, escondida detrás de un libro. Pero todos la hemos visto.


Y… “Es una pena que la vida tenga que darte una hostia para que te des cuenta de que tienes que aprovecharla”.




jueves, 29 de marzo de 2018

MoMeNToS DiFíCiLeS...



Tenemos  Que  Hablar  de  Tu  Enfermedad

La gestión de las palabras se complica cuando un ser querido padece una enfermedad grave. Usar expresiones idóneas puede ser la mejor ayuda.



A Carlos le diagnosticaron un cáncer de pulmón. La triste noticia fue un shock para toda la familia.

En una de las sesiones de quimioterapia, quiso hablar con su hermano: ¿Sabes? No me da miedo la muerte. Lo que me angustia es todo lo que me voy a perder de mis hijos. Su hermano se apresuró a contestar: No digas estas cosas. Todo esto no tienes ni que pensarlo. Entonces cambió hábilmente de conversación.

Este es el típico diálogo que no ayuda en absoluto al enfermo. La respuesta de su hermano respondía más a su angustia que a la de Carlos. Lo preocupante es que cuando la enfermedad llama a la puerta de casa, esta es la reacción que solemos tener. Cuando alguien querido pasa por una situación así, lo primero que sentimos es miedo, y generalmente una gran impotencia. Nos gustaría ayudarle, poder curarle. Sufrimos y es natural que lo hagamos. 

El problema es que nuestro dolor muchas veces nos lleva a hacer cosas que van en contra de lo que el afectado necesita. Si quiere hablar, hablemos. Si quiere distraerse, distraigámonos juntos. Tenemos que hacer todo lo posible por estar al servicio de su angustia, no a merced de la nuestra.

En este contexto, relativizar las cosas, evitar conversaciones o cambiar de tema (“no pienses en eso ahora”) son manifestaciones que NO AYUDAN. Puede darse el caso en que el dolor sea tan insoportable que incluso nos distanciemos sin darnos cuenta. Pero tenemos que acompañarle incondicionalmente. NUESTROS TEMORES REFORZARÁN LOS SUYOS.


¿Qué hacer si nos pregunta por la evolución de su enfermedad? Está claro que solo un médico puede responder esa cuestión. Pero muchas veces el enfermo insiste en saber nuestra opinión. Quizá porque detrás de un “¿tú cómo me ves?”, lo que busca es un mensaje de esperanza. Hay que tener mucho cuidado y pensar dos veces lo que se va a decir. La respuesta no siempre tiene que ser explícita y directa. El hecho de que el enfermo pregunte no significa que podamos y debamos responderle con toda la transparencia del mundo, y menos si realmente no estamos capacitados para ello.

Si tenemos información sobre su estado de salud, es fundamental NO DECIDIR POR ELLOS lo que “les conviene saber”, y no dar respuestas que no nos veamos capaces de articular desde la serenidad y el amor. Muchas veces nosotros no vamos a tener la explicación correcta. Lo mejor será ayudarles a dar con quien realmente pueda hacerlo, sin asumir directamente toda la responsabilidad.

Hay que hacer todo lo posible por estar al servicio de la angustia del enfermo, no a merced de la nuestra.

Momentos mágicos. La enfermedad abre tiempos de incertidumbre y sufrimiento, pero también genera instantes muy valiosos de compenetración e intimidad entre las personas. Si se presenta la ocasión, recojamos el guante y evitemos huir. Nos brindan la oportunidad de hablar de cosas muy valiosas que hay que gestionar con tacto y mucho cariño. Debemos tener valor para afrontar estos momentos, pues son la mejor ayuda que podemos prestar. Estas escenas crean puentes de confianza indestructibles si la enfermedad se supera, y propician, en cualquier caso, una gran dosis de serenidad.

No perder la esperanza. Muchas personas sienten que al hablar abiertamente del cáncer se corre el riesgo de que quien lo sufre pierda la esperanza. Pero sus fuerzas flaquearán cuando nos vean a nosotros sin ellas. En estas circunstancias, el enfermo tiene una gran sensibilidad para captar nuestros gestos, el tono de voz, y hacerse una idea muy precisa de lo que se nos pasa por la cabeza. Si no somos capaces de ver la luz, tenemos que trabajarlo. Solo después podremos abordar el diálogo.
En estos baches del camino, todos —tanto los que padecen en sus carnes la tragedia como los que ven cómo su vida cambia radicalmente porque peligra la de un ser querido— necesitamos mucho amor. Todas las palabras que salgan de ahí serán, sin duda, acertadas.


Aproximarnos con delicadeza al que sufre.


La dolencia grave de un ser querido provoca una situación de máxima angustia. Un dolor que condiciona la manera en que nos comunicamos. Estas son tres pautas para ayudar de verdad a la persona enferma a través del lenguaje:

— Escuchar. La mejor ayuda que podemos prestar es ofrecer nuestros oídos y la total disposición. Esto significa crear un espacio en el que la persona enferma pueda expresar lo que necesite. Tenemos que escuchar sin juzgar, sin rehuir las conversaciones complejas y sin interrumpir. Así, la otra parte podrá ordenar sus ideas y compartir sus miedos.

— Comprender. Resulta esencial no dar un solo paso sin haber entendido bien lo que nuestro interlocutor requiere en cada momento. No nos adelantemos y actuemos según lo que nosotros necesitaríamos si estuviéramos en su lugar.

— Facilitar. Hemos de proporcionar al convaleciente aquello que nos pide, siempre que seamos capaces de asumirlo. Es muy importante que también nos cuidemos nosotros y no nos ocupemos de tareas que sobrepasen nuestra capacidad. Si nos sentimos desbordados, es mejor pedir ayuda. En este trance no favorece nada sentir también soledad.





sábado, 24 de marzo de 2018

uN MaRTeS...



Cómo resumir el mes de rotación en Paliativos?... ACOMPAÑAMIENTO

Nadie nos enseña a enfrentarnos a la muerte, ni en la facultad ni durante la residencia, tampoco en nuestro día a día. Es un tema tabú que la sociedad evita como si fuese algo ajeno a nosotros, pero la realidad no es esa.

Y de repente llega la rotación en el Servicio de Cuidados Paliativos…

Llegas un martes al domicilio de una familia y ahí están, esperando tu visita en este momento tan difícil para ellos. Y… ¿Cómo empezar? ¿Qué digo? ¿Qué hago? Todo ese aluvión de dudas nos atrapa sin encontrar respuesta y sumergiéndonos en nuestros miedos.

Gracias a este mes de rotación en Paliativos hemos podido adentrarnos al lugar más íntimo del paciente, a descubrir sus miedos e inquietudes en sus últimos días. Realmente ha sido en este mes donde nos hemos sentido más cerca del paciente y de sus familias, los que nos han abierto las puertas de su casa, recibiéndonos como uno más. Con una mirada, un apretón de manos, sentarnos al lado del paciente podemos ayudar a aliviar el sufrimiento espiritual, acompañándoles en este camino; respondiendo así a alguna de nuestras dudas iniciales.

Una de las cosas que más nos ha llamado la atención, han sido los sentimientos de soledad y el miedo que aparecen por la noche, cuando el mundo calla, impidiendo el descanso del paciente. Muchas veces como médicos, nos empeñamos en tratarlo de manera farmacológica, cuando el verdadero tratamiento es la palabra, que el paciente nos cuente que terrores le acechan.

Es por todo esto y por muchas otras razones, por las que consideramos que es necesario rotar en el Servicio de Cuidados Paliativos como médicos de familia; siendo la etapa final de nuestros pacientes parte que nos compete.


Firmado:
Begoña Antón González R3 MFyC
Laura Cotillas García R3 MFyC




martes, 13 de marzo de 2018

SeGuRiDaD, CoNFiaNZa, CoNTiNuiDaD,...


La escucha como símbolo de seguridad, confianza y continuidad.

Cuando acompañamos a personas en el final de la vida, hay una regla fundamental: la persona nos va marcando por dónde estar con ella. Frente a mi experiencia en acompañar a personas que transitan una enfermedad terminal me animo a invitarlos a reflexionar en la importancia de “escuchar”, señala la especialista Mariana Soiza.

Así como hay un arte de bien hablar, existe un arte de bien escuchar  (Epicteto de Frigia)

Hoy los invito a reflexionar juntos sobre la escucha. ¿Nos ponemos un estetoscopio?

La mayoría estará de acuerdo en que sabemos muy bien la teoría de lo importante que es escuchar: la escucha incondicional, escuchar sin juzgar, escuchar sin opinar, y tantas otras palabras que decimos. Qué difícil es poder escuchar con estas y tantas otras condiciones!

Cuando acompañamos a personas en el final de la vida, yo creo que hay una regla fundamental: la persona nos va marcando por dónde estar con ella.

Esto es algo que con otros en la vida corriente no nos pasa, porque enseguida le decimos lo que pensamos, le decimos que está equivocado, le decimos que así no es bueno, intentamos dar razones, intentamos convencerlo con nuestras ideas.

Y me pregunto y les pregunto: ¿a una persona que le quedan meses, días, horas de vida,…  podemos opinar, decir, o comentar cómo tiene que estar?

Ellos son los que nos enseñan por donde va el camino. Y en mi experiencia, si no se sienten escuchados y validados en la situación que están, se encierran, no hablan y duermen la mayor cantidad de tiempo porque las horas son eternas, el tiempo es eterno, aunque su vida saben que no lo es, ni los encuentros con los demás. Todo empieza a tener un límite: Hoy respiran, mañana no respirarán más.

Una segunda invitación que les hago es hacer el siguiente ejercicio: Cuando nos sentimos enfermos, no tiene que ser grave, con una gripe, un virus,…: ¿qué necesitamos de las personas que están alrededor nuestro?


Algunos responderán: “A mi déjenme tranquilo, prefiero estar solo”, otro dirá: “Por favor, quédate al lado mío y mírame”, “Yo necesito que estés atento por si necesito algo”.

En fin, puede haber muchas otras respuestas a las preguntas. Y no sería mejor que me preguntaran ¿qué necesitas?

Porque a mí personalmente me gusta cuando me siento mal quedarme tranquila sin nadie alrededor, y a mi marido le gusta que estemos encima y bien presentes.

Pensemos qué nos gustan que nos digan, qué no nos gusta que nos digan. Cada uno tiene una forma de pasar ese malestar de diferentes maneras. Todas estas formas no son ni buenas ni malas…. son.

Entonces, desde la bibliografía que leí y los acompañamientos que tuve la oportunidad tan grande de tener, me animo a que podamos tener ciertos puntos que nos van a ayudar cuando estemos en el lugar de estar con un familiar, amigo querido que está en el final de vida, y quizá hoy está viviendo esta situación de estar con un ser querido que esté viviendo el final de su vida leyendo esta reflexión y pueda serle útil.


¿Qué considero que necesita esta persona? Que nuestra presencia simbolice seguridad, confianza, continuidad. Para que puedan ser:

  • Aceptados como es esa persona, de lo que él tiene, de lo que él desea, en lo que sienten, piensan: ¿quién soy yo para pretender lo que es bueno para él?
  • Poder estar en el ritmo que ellos están: muchas veces se hace difícil porque el ritmo de quienes lo acompañamos es una vida donde hay mucho por hacer, llegar, lograr. Para ellos es un tiempo eterno y finito a la vez.
  • Ser aceptados en el deterioro, en las limitaciones que se van presentando.
  • Poder expresar todos sus miedos: todos sabemos que nos vamos a morir, pero creo que ninguno de nosotros sabe qué va a pasar luego de esta vida.
  • Poder compartir las emociones sin ser juzgados.


Un buen ejercicio para poder estar de la mejor manera que podamos con ese ser querido, es mirarme como soy yo conmigo mismo y con todos estos puntos que estamos reflexionando.
Si me cuesta estar bien conmigo mismo, seguramente me cueste poder ponerlo en práctica con la persona en el final de vida.



Mariana Soiza.
Licenciada en Relaciones Públicas y Consultora Psicológica.
Especializada en Cuidados al final de la vida y orientación a familiares.
Coordinadora del Programa Comunidades Compasivas (Buenos Aires)




domingo, 4 de marzo de 2018

SeGuiR CaMiNaNDo...


Un año más sin vosotros…

A medida que pasa el tiempo os conozco mejor, soy capaz de respirar a través de vuestra piel,… de colocar las cosas en su lugar.

Desentraño nuestra relación, encuentro la hebra y voy tirando hasta deshacer el ovillo y darle un sentido a lo vivido. Y casi sin darme cuenta sé los por qués, los cuándo, los cuánto, lo recibido, lo dado, lo relegado. Lo vivido y lo olvidado.

Y así, poco a poco, empiezo a entender casi todo...




sábado, 24 de febrero de 2018

a PeSaR De La ViDa...


Amalia no llega a los 50 años. Un padre que la maltrató a ella y a su madre ha marcado su vida. Separada y madre de dos hijos, repitió la historia. Se separó cuando reunió el valor suficiente y sus hijos dejaron de depender de ella. Se fue de su gran ciudad, se alejó de su familia y comenzó desde cero en un pueblo rodeado de olivos y saltos de agua. Encontró un compañero y a partir de una cuadra medio destruida, allá en las eras, hicieron un hogar amable y confortable, con unas vistas increíbles y un huerto que ha sobrevivido al perro, a los gatos y a las heladas de esa fría zona.

Abro la puerta del coche y Lucas, el perro, nos da la bienvenida. Antes de entrar Pepe, su compañero de vida, nos cuenta lo duros que están siendo los últimos meses asistiendo día a día, impotente, al deterioro imparable de ella. Ella, sentada junto a la ventana, el sol entero en su regazo, nos sonríe al entrar. Tiene unos ojos azules que nadan en agua, parece que nos miran a través de un cristal. 

Hace pocos años le diagnosticaron un cáncer de mama. Tras la intervención y los tratamientos posteriores lo tenía medio olvidado, hasta que una revisión se lo devolvió a la memoria. Unos días antes había notado que perdía fuerza en las manos y se sentía torpe al caminar, incluso llegó a caerse sin motivo aparente. “El bicho” se había hecho fuerte en su cerebro.

Amalia habla claro, no le gusta que le mientan. “Ayer hablamos con Pepe de la muerte, de la mía. De si él se quedará en esta casa o se irá con sus hijos… me ha dicho que se quedará, menos mal! Estamos enamorados de esta casa.” Yo también me enamoré nada más entrar, te abraza y es muy cálida, como un bollo recién horneado. No sé si me sedujo ella, la casa o las dos.

Por cierto, sabe utilizar los géneros al uso. Al coger la manta, con la bandera independentista catalana, para ponérsela sobre las piernas dice: “Me la han regalado mis nietos. A mí me da igual independencia que independencio!”

Camina muy torpemente hasta el dormitorio, quiere enseñárnoslo, sobre todo las vistas desde el gran ventanal. Mientras rodeo con mi brazo su cintura, porque no me fio, me pregunta cuándo y cómo será. Hablamos bajito, en tono íntimo, tanto que siento como me sumerjo y me empapo de azul en sus acuosos ojos. Nadamos juntas como si fuéramos delfines haciendo piruetas en un mar calmo. No intuyo miedo, ni culpa, ni amargura… dulcemente, siento paz.  Me lo ha hecho muy fácil. Me ha enseñado que se puede vivir y morir en paz, a pesar de todo. A pesar de la vida.




domingo, 11 de febrero de 2018

VeRaNo 1993...

Cuando Frida lanza un peine por la ventanilla del coche y farda de sus muñecas delante de su prima pequeña, cuando la abandona en medio de un bosque y cuando intenta escaparse de casa, un plan que su miedo echa a perder, solo pretende convertir su malestar, el dolor por la pérdida de su madre, en actos; quizá es lo que ocurre cuando faltan las palabras, inútiles para expresar lo que no comprendemos.

«Verano 1993» (Carla Simón, 2017), galardonada con tres premios Goya, narra la historia de una niña de seis años, interpretada por Laia Artigas, inmersa en un proceso de duelo, trance psicológico que desencadena la muerte de un ser querido y especialmente delicado durante la niñez. El filme lo muestra sin ahogarse en el drama, con ese humor que persiste hasta en los momentos duros y dejándonos una sonrisa un poco triste, pero esperanzada, en la boca. 



Alba Payàs (Manresa, 1956), psicoterapeuta, directora del Máster de intervención en duelo de la Universidad de Barcelona y del Instituto IPIR, un centro especializado en su tratamiento, explica cómo afrontan y cómo deben afrontar la muerte los más pequeños.


¿Qué percepción tiene un niño de la muerte?

Los niños con poca edad no entienden la muerte y que la persona no regresa. A los seis años ya comprenden que la persona que fallece no va a volver. 

Las emociones que sienten son las mismas que sienten los adultos, la tristeza y la aflicción, pero no tienen la capacidad de expresarlas por sí mismos, y necesitan que les ayuden a hacerlo. Sin embargo, en el entorno suele haber un mito, una falsa creencia, y es que a los niños hay que distraerles de su pena. La experiencia del niño es que no se le ha acompañado en su dolor. Entonces, aunque en apariencia todo está bien, aunque son capaces de seguir jugando, por dentro sienten dolor. 

A partir de cierta edad, y cuando se van haciendo mayores, como no pueden expresar la tristeza la desplazan, y la desplazan al enfado. Se vuelven irritables o rebeldes. Detrás de estos sentimientos de enfado puede haber culpa, porque pueden responsabilizarse de lo que ha sucedido.

¿Cómo se gestiona ese sentimiento de culpa?

El sentimiento de culpa, en el duelo, es natural y humano, y es un reflejo del amor que hemos sentido por una persona. Entendemos el amor como la capacidad de proteger al otro, y cuando no hemos logrado hacerlo nos sentimos culpables. Es una emoción absolutamente natural de la que hay que hablar, que hay que compartir, a la que hay que poner nombre, y que hay que expresar. La culpa también tiene el papel de proteger el rol: es decir, que si yo soy padre y he perdido a mi hijo, sentirme culpable me hace pensar que sigo siendo un buen padre. 

Pasado un tiempo, la persona tiene que ir liberándose de ella. Lo que pasa es que los niños a veces tienen la fantasía de que son responsables de la muerte o de que podían haber hecho algo que hubiera salvado a la persona fallecida. Tienen un pensamiento más mágico.

El problema del duelo en los niños es que no solo pierden al ser querido, sino que a veces se le arranca de sus raíces. Entonces hay dos duelos: el del ser querido y también otro, que los adultos no suelen tener en cuenta, y que es que el niño pierde la escuela, los amigos, la casa, la comunidad o el hogar. Es una pérdida secundaria que a veces es tan importante como la primaria, porque el niño necesita estructura. Es como una planta que sacudes y a la que encima le quitas las raíces y luego dejas en el aire. Para ellos es tremendo perder todo el entorno que les da seguridad.


En una escena de «Verano 1993», la niña habla con su tía sobre la muerte de su madre, y su tía le responde con franqueza, con una franqueza que choca, a sus preguntas. ¿Es esa la forma correcta hablar a los niños sobre este tema?

El niño necesita un tiempo de distracción, de mirar al futuro, de olvidar lo que ha pasado, y también necesita el mismo tiempo para hablar de lo que ha sucedido y para que le expliquen cómo han sido los hechos, igual que haríamos con un adulto.

La situación ideal para los niños es que puedan acompañar a la persona que se está muriendo. Que puedan sentir que están dando y recibiendo cariño. Así pueden entender mucho mejor lo que sucede. Pero durante décadas ha habido un tabú con este tema, y a los niños se les ha ocultado la muerte: se ha evitado que estuvieran en el funeral, se ha procurado que no vieran a la persona fallecida, que no fueran al hospital, a cuidados intensivos... 

En realidad, todo ese miedo es nuestro, es de los adultos. El niño no tiene miedo a la muerte si está acompañado de un adulto que le explique lo que está pasando y que le ayude a expresar sus emociones y a regularlas. Ahora hay más formación, y se sabe que los niños pasan el duelo mucho mejor si se les permite estar presentes, y si se responde a todas las preguntas que hacen, aunque sea con un «no lo sé» cuando no sabemos contestar.

Los niños, además, saben cuándo les estamos mintiendo.

Claro. Saben que se les está mintiendo y sobre todo saben que el adulto tiene miedo del mundo emocional. Los niños te miran a los ojos, y, si huyes de tu dolor, van a imitar tu respuesta. Si no se tiene miedo del dolor, de sentir el dolor, de vivirlo y de apropiarse de él, entonces el niño aprende a hacer lo mismo, y esa experiencia, con la que madura, le ayuda a ser mucho más resiliente; es decir, le ayuda a ser capaz de afrontar mucho mejor los avatares de la vida. Pero si el dolor se le ha escondido, si desde pequeño se le ha encerrado en una protección que le ha impedido conectar con el sufrimiento natural de la vida, cuando el niño, de adulto, afronta una pérdida, responde mediante la evitación, con la negación.

¿Qué dimensiones tiene un duelo?

La primera dimensión es sobre las circunstancias de la muerte: el trauma. Son los recuerdos sobre las circunstancias de la muerte del ser querido. El objetivo es aceptar de qué murió y cómo murió, y enfrentarnos al sentimiento de culpa, de si la muerte se podría haber evitado o a pensamientos tan dolorosos como si la persona sufrió. Luego, la segunda dimensión es la que llamamos la relacional, que tiene que ver con los recuerdos de lo que se vivió, de lo que se recibió de la persona perdida, y también con las cosas difíciles, con los conflictos con ella, naturales en todo vínculo humano. Entonces se puede buscar el sentido profundo de la relación. 

Al final del duelo, para muchas personas, pero no para todas, hay una sensación de gratitud, de amor y también de tristeza, de pena y de añoranza, pero sobre todo de paz interior y de ilusión por la vida, porque, si nos hemos sentido amados, el amor nos empuja a vivir de forma más plena.



¿Qué ocurre si una persona se queda atrapada en una de esas dimensiones y no logra avanzar?

Entonces tenemos un diagnóstico de duelo crónico, con una persona que vive la añoranza y la culpa como emociones intensas, y que se siente incapaz de seguir adelante, llegando a manifestar síntomas como la depresión, la ansiedad y sobre todo falta de ilusión. A veces, durante un duelo complicado, la persona funciona aparentemente bien a nivel laboral, pero, sin embargo, por dentro siente dificultades para disfrutar de la vida. Los expertos en duelo recomendamos ayuda terapéutica, para ver qué es lo que se oculta debajo de ese duelo difícil: si es enfado, culpa, si el nivel de trauma es demasiado alto o si hay otras pérdidas.

Hay que subrayar que hay que pedir ayuda terapéutica especializada para que la persona pueda resolver estos traumas profundos, que a veces están mezclados con otras pérdidas sufridas en el pasado, y que no son necesariamente muertes. Parece que en nuestro corazón ponemos todas las pérdidas en un mismo cajón, y que así las vamos acumulando.

Cuando termina «Verano 1993», Frida parece reconciliada con su familia, dispuesta a ser menos revoltosa y a divertirse; en la última escena, mientras juega con su tío y con su prima, mientras los tres saltan en la cama y se ríen, la niña, súbitamente, se aparta y rompe a llorar. Como explica Payàs, «la idea de que en tres meses o en un año se pasa página es un mito, porque el duelo puede durar años». 

Por eso, los adultos no deben mostrar prisa por hacer ver que todo «ha pasado», y sí esforzarse, permaneciendo al lado de los pequeños, en ayudarles a seguir adelante. De lo contrario, y volviendo al mundo del cine, la situación puede convertirse en la de Julien Davenne en «La habitación verde» (François Truffaut, 1978), un periodista experto en necrológicas que vive en el pasado, rindiendo culto a los que se han ido y creyendo que rehacer su vida es una traición.



martes, 23 de enero de 2018

aNiVeRSaRioS...


Empieza el año y con él los aniversarios. Un estar triste sin motivo aparente… a no ser el recuerdo exacto de cómo fueron las cosas, de cómo se sucedieron los hechos. Con el tiempo es verdad que el dolor se matiza, se difumina, pero se hacen mucho más nítidos los recuerdos y las sensaciones, aquellas que en un primer instante la mente amortigua para que el dolor no te mate a ti también… en los momentos y días posteriores.

Al cabo del tiempo, digo, sé que pudo ser diferente, probablemente mejor. Me quedan en el tintero escenarios que siguen doliendo mucho y sé que se podían haber hecho mejor las cosas. Esto es habitual en situaciones cruciales de la vida. Lo sé, no alivia ni soluciona nada, la vida no tiene ensayo previo. Acudimos cada día al estreno e intentamos dar la mejor versión de nosotros mismos. Sin embargo, a pesar  de lo vivido aún nos sorprenden y descolocan los golpes bajos, las notas escondidas en la clave de sol.

Dignidad, sé que te faltó dignidad. Lúcido, la fuiste perdiendo durante el año que viviste con una hija menos y una compañera de viaje cada vez más lejos, siguiendo otro itinerario, envuelta en las cada vez más espesas brumas del olvido. Fueron meses difíciles, de gran soledad. Apenas hablabas. Pero la dignidad de tu vida en el final de la enfermedad, algo que forma parte ineludible de mi quehacer diario,… creo que no supe dártela. Aunque bien pensado quizás no sea del todo cierto, la verdad es que no lo sé.

Nunca olvidaré tu sonrisa socarrona, que me acompañará siempre, ni tu forma de quererme. Nadie me ha tocado la cara como tú. Yo también te admiré, por tantos momentos juntos, por todo lo que aprendí contigo, por todos los por qués que me ayudaste a resolver y porque, también gracias a ti, soy como soy… querido papá.


Alma




miércoles, 17 de enero de 2018

VioLeTa...


No quiero pecar de falsa modestia, ya no tengo edad para tonterías,… por eso hoy me dedico el post a mí.

Mi amiga Paula, la que vive el cáncer desde las trincheras, en primerísima línea de fuego, escribió esto hace unos meses. Gracias y… gracias!!


LAS  SONRISAS  DE  PILAR

La visita a una amiga que vive en una provincia lejana, me llevó a conocer a otra amiga. 

De mirada viva, cara sonriente y sonrisa fácil. Pilar es médico y trabaja parte del año visitando a enfermos terminales en sus casas, dentro del programa de Cuidados Paliativos del Alto Aragón.

Trabaja con agrado, sin perder el ánimo ni tampoco la esperanza, a pesar de la dureza de su trabajo.

Visita las viviendas de los enfermos en compañía de su enfermera, ambas acuden solícitas, sean bien recibidas o no.

Ella conoce bien la crueldad que puede llegar a presentar una enfermedad, y la impotencia y el enfado que suelen presentar los cuidadores. Lo ha vivido en sus carnes.

Pérdidas muy cercanas la acompañan todos los días, incluso alguno de ésos días la atacan a traición y sin consuelo.

Sabe de la importancia de vivir aquí y ahora porque, a diario, se mueve en esas arenas movedizas que hay entre la vida y la muerte.

Con su voz te traslada a otros lugares donde habitan la serenidad y la reflexión. Esa misma voz pausada te incita a pensar, te invita a vivir. Y su risa fuerte y sincera te dice que estás en el lugar adecuado en el momento adecuado.

Por todo esto, cuando Pilar te abraza, sientes que el mundo se detiene, porque abraza tu cuerpo, pero sobretodo abraza tu alma. Con tal fuerza que todo tu ser se estremece.