Cuando Paulame propuso hablar sobre el duelo, pensé en todos
los fallecimientos que he vivido en mi quehacer diario y en los duelos posteriores
con las familias que así lo quisieron. También en mis propias pérdidas recientes
y en los duelos que se amontonaron. Pero cuando, además, me habló del mundo de
las pérdidas, empecé a pensar en todo lo que perdemos desde que nacemos hasta
que morimos.
Desde los primeros segundos de vida en los que duele la luz,
hasta los últimos, en los que el exceso de luz también duele. En todo lo que
dejamos, en lo que nos abandona. En las personas que se quedaron, en las que
dejamos marchar, en las que hallamos. En lo que dijimos y en lo que callamos. En
lo que perdimos y en lo que sin buscar, encontramos. En el hecho de elegir, de
abrir puertas que supone cerrar otras. En las capacidades y facultades que nos
van dejando de lado y en las nuevas que descubrimos al faltar aquellas...
No se puede perder algo o a alguien querido sin dolor.
El duelo pone nuestro mundo conocido patas arriba, cuestiona
nuestros valores, nos ayuda a aceptar y recolocar nuestra pérdida, saca el
dolor y la pena desde lo más profundo, y supone, además, preguntarnos… Qué es
lo realmente importante?
Somos lo que somos gracias a lo perdido y a como lo
enfrentamos. Y ahí estamos… Cambiando, eligiendo, abandonando, siendo
abandonados, abriendo, cerrando, perdiendo, encontrando, sin apegarnos
demasiado, dejando ir,…ViVieNDo.
“Es una pena que la
vida tenga que darte una hostia para que te des cuenta de que tienes que
aprovecharla”. Es la
segunda vez en menos de dos semanas que escucho esta frase.
La primera fue hace unos días durante una excursión con gente
de la ONCE. Iba del brazo con Patricia o, mejor dicho, ella me cogía del brazo
como suelen hacer las personas ciegas para dejarse guiar. Tiene treintantos,
está separada, tiene dos hijas y un novio. Vive intensamente y ríe al mismo
tiempo. El día que nos vimos, “es un
decir” decía, estaba nevando y levantaba la cara hacia el cielo para sentir
los copos blancos sobre su piel. Hablaba con total naturalidad de su carencia,
es ciega de nacimiento y apenas distingue la luz, la claridad.
Nos acercamos a un estanque donde nadaban varios patos y dos
cisnes, empecé a explicarle como eran y me cortó rápida: “Ya sé cómo son, me lo han explicado mil veces
y además los he tocado… tengo la imagen. Quizás no sea como la tuya, pero yo
tengo mi realidad en mi cabeza. También tengo la idea de los colores, sé que
este año se llevan los rosas y que hay varias clases de rosas, me lo han dicho
mis hijas. El rosa chicle me encanta. El azul marino no me gusta nada, es muy
triste”.
Cada vez que entramos a un lugar cerrado, se quita la capucha
y se arregla el pelo con la mano.
“No necesito tocar la
cara de las personas para conocerlas, me guío por la voz y lo que siento al
estar cerca“.“Eso de que los ciegos tenemos más desarrollados los demás
sentidos es un cuento. Lo que ocurre es que los utilizamos y vosotros no.” “A
mi de niña nadie me dijo,… nunca escuché
a mis padres decirme: esto no puedes hacerlo por tu limitación. Así que puedo hacer todo lo que me proponga… y lo
hago.”
La segunda vez ha sido esta mañana. Maite tiene casi 50 años
y un melanoma en progresión. Pasa la mayor parte del día en la cama. Se siente
tan cansada que levantarse para ir al baño se le antoja una odisea… de apenas
cuatro metros. Lo intento, pero soy incapaz de imaginar cómo es su agotamiento.
Nos ha preguntado por el campo. Le hemos contado…
verde, amarillo, lila, flores blancas en los almendros y los cerezos, empieza
el rojo de las amapolas… “Esta tarde intentaré
salir a ver algún almendro…. Son tan bonitos! Tengo que hacerlo… porque después
ya no….”. La frase se ha quedado congelada en algún rincón de la habitación,
escondida detrás de un libro. Pero todos la hemos visto.
Y… “Es una pena que la
vida tenga que darte una hostia para que te des cuenta de que tienes que
aprovecharla”.
La gestión de las
palabras se complica cuando un ser querido padece una enfermedad grave. Usar
expresiones idóneas puede ser la mejor ayuda.
A Carlos le diagnosticaron un cáncer de pulmón. La triste
noticia fue un shock para toda la familia.
En una de las sesiones de quimioterapia, quiso hablar con su
hermano: ¿Sabes? No me da miedo
la muerte. Lo que me angustia es todo lo que me voy a perder de mis hijos. Su hermano se apresuró a contestar: No digas estas cosas. Todo esto no tienes ni
que pensarlo. Entonces cambió hábilmente de conversación.
Este es el típico diálogo que no ayuda en absoluto al
enfermo. La respuesta de su hermano respondía más a su angustia que a la de
Carlos. Lo preocupante es que cuando la enfermedad llama a la puerta de casa,
esta es la reacción que solemos tener. Cuando alguien querido pasa por una
situación así, lo primero que sentimos es miedo, y generalmente una gran
impotencia. Nos gustaría ayudarle, poder curarle. Sufrimos y es natural que lo
hagamos.
El problema es que nuestro dolor muchas veces nos lleva a hacer cosas
que van en contra de lo que el afectado necesita. Si quiere hablar, hablemos.
Si quiere distraerse, distraigámonos juntos. Tenemos que hacer todo lo posible por estar al servicio de su angustia,
no a merced de la nuestra.
En este contexto, relativizar las cosas, evitar
conversaciones o cambiar de tema (“no
pienses en eso ahora”) son manifestaciones que NO AYUDAN. Puede darse el
caso en que el dolor sea tan insoportable que incluso nos distanciemos sin
darnos cuenta. Pero tenemos que acompañarle incondicionalmente. NUESTROS
TEMORES REFORZARÁN LOS SUYOS.
¿Qué hacer si nos
pregunta por la evolución de su enfermedad?Está claro que solo un médico puede responder esa
cuestión. Pero muchas veces el enfermo insiste en saber nuestra opinión. Quizá
porque detrás de un “¿tú cómo me ves?”,
lo que busca es un mensaje de esperanza. Hay que tener mucho cuidado y pensar
dos veces lo que se va a decir. La respuesta no siempre tiene que ser explícita
y directa. El hecho de que el enfermo pregunte no significa que podamos y
debamos responderle con toda la transparencia del mundo, y menos si realmente
no estamos capacitados para ello.
Si tenemos información sobre su estado de salud, es
fundamental NO DECIDIR POR ELLOS lo que “les conviene saber”, y no dar
respuestas que no nos veamos capaces de articular desde la serenidad y el amor.
Muchas veces nosotros no vamos a tener la explicación correcta. Lo mejor será
ayudarles a dar con quien realmente pueda hacerlo, sin asumir directamente toda
la responsabilidad.
Hay que hacer todo lo posible por estar al servicio de la
angustia del enfermo, no a merced de la nuestra.
Momentos mágicos. La enfermedad abre tiempos de
incertidumbre y sufrimiento, pero también genera instantes muy valiosos de
compenetración e intimidad entre las personas. Si se presenta la ocasión,
recojamos el guante y evitemos huir. Nos brindan la oportunidad de hablar de
cosas muy valiosas que hay que gestionar con tacto y mucho cariño. Debemos
tener valor para afrontar estos momentos, pues son la mejor ayuda que podemos
prestar. Estas escenas crean puentes de confianza indestructibles si la
enfermedad se supera, y propician, en cualquier caso, una gran dosis de serenidad.
No perder la
esperanza.
Muchas personas sienten que al hablar abiertamente del cáncer se corre el
riesgo de que quien lo sufre pierda la esperanza. Pero sus fuerzas flaquearán
cuando nos vean a nosotros sin ellas. En estas circunstancias, el enfermo tiene
una gran sensibilidad para captar nuestros gestos, el tono de voz, y hacerse
una idea muy precisa de lo que se nos pasa por la cabeza. Si no somos capaces
de ver la luz, tenemos que trabajarlo. Solo después podremos abordar el
diálogo.
En estos baches del camino, todos —tanto los que padecen en
sus carnes la tragedia como los que ven cómo su vida cambia radicalmente porque
peligra la de un ser querido— necesitamos mucho amor. Todas las palabras que
salgan de ahí serán, sin duda, acertadas.
Aproximarnos con
delicadeza al que sufre.
La dolencia grave de un ser querido provoca una situación de
máxima angustia. Un dolor que condiciona la manera en que nos comunicamos.
Estas son tres pautas para ayudar de verdad a la persona enferma a través del
lenguaje:
— Escuchar. La mejor ayuda que podemos prestar
es ofrecer nuestros oídos y la total disposición. Esto significa crear un
espacio en el que la persona enferma pueda expresar lo que necesite. Tenemos
que escuchar sin juzgar, sin rehuir las conversaciones complejas y sin
interrumpir. Así, la otra parte podrá ordenar sus ideas y compartir sus miedos.
— Comprender.
Resulta esencial no dar un solo paso sin haber entendido bien lo que nuestro
interlocutor requiere en cada momento. No nos adelantemos y actuemos según lo
que nosotros necesitaríamos si estuviéramos en su lugar.
— Facilitar. Hemos de proporcionar al
convaleciente aquello que nos pide, siempre que seamos capaces de asumirlo. Es
muy importante que también nos cuidemos nosotros y no nos ocupemos de tareas
que sobrepasen nuestra capacidad. Si nos sentimos desbordados, es mejor pedir
ayuda. En este trance no favorece nada sentir también soledad.
Cómo resumir el mes de rotación en Paliativos?... ACOMPAÑAMIENTO
Nadie nos enseña a enfrentarnos a
la muerte, ni en la facultad ni durante la residencia, tampoco en nuestro día a
día. Es un tema tabú que la sociedad evita como si fuese algo ajeno a nosotros,
pero la realidad no es esa.
Y de repente llega la rotación en
el Servicio de Cuidados Paliativos…
Llegas un martes al domicilio de
una familia y ahí están, esperando tu visita en este momento tan difícil para
ellos. Y… ¿Cómo empezar? ¿Qué digo? ¿Qué hago? Todo ese aluvión de dudas nos
atrapa sin encontrar respuesta y sumergiéndonos en nuestros miedos.
Gracias a este mes de rotación en
Paliativos hemos podido adentrarnos al lugar más íntimo del paciente, a
descubrir sus miedos e inquietudes en sus últimos días. Realmente ha sido en
este mes donde nos hemos sentido más cerca del paciente y de sus familias, los
que nos han abierto las puertas de su casa, recibiéndonos como uno más. Con una
mirada, un apretón de manos, sentarnos al lado del paciente podemos ayudar a
aliviar el sufrimiento espiritual, acompañándoles en este camino; respondiendo
así a alguna de nuestras dudas iniciales.
Una de las cosas que más nos ha
llamado la atención, han sido los sentimientos de soledad y el miedo que
aparecen por la noche, cuando el mundo calla, impidiendo el descanso del
paciente. Muchas veces como médicos, nos empeñamos en tratarlo de manera
farmacológica, cuando el verdadero tratamiento es la palabra, que el paciente
nos cuente que terrores le acechan.
Es por todo esto y por muchas
otras razones, por las que consideramos que es necesario rotar en el Servicio
de Cuidados Paliativos como médicos de familia; siendo la etapa final de
nuestros pacientes parte que nos compete.
La escucha como símbolo de seguridad, confianza y continuidad.
Cuando acompañamos a personas en el final de la vida, hay una
regla fundamental: la persona nos va
marcando por dónde estar con ella. Frente a mi experiencia en acompañar a
personas que transitan una enfermedad terminal me animo a invitarlos a
reflexionar en la importancia de “escuchar”, señala la especialista Mariana
Soiza.
Así como hay un arte de bien hablar, existe un arte de bien
escuchar (Epicteto de Frigia)
Hoy los invito a reflexionar juntos sobre la escucha. ¿Nos
ponemos un estetoscopio?
La mayoría estará de acuerdo en que sabemos muy bien la
teoría de lo importante que es escuchar: la escucha incondicional, escuchar sin
juzgar, escuchar sin opinar, y tantas otras palabras que decimos. Qué difícil es poder escuchar con estas y tantas otras
condiciones!
Cuando acompañamos a personas en el final de la vida, yo creo que hay una regla fundamental: la
persona nos va marcando por dónde estar con ella.
Esto es algo que con otros en la vida corriente no nos pasa,
porque enseguida le decimos lo que pensamos, le decimos que está equivocado, le
decimos que así no es bueno, intentamos dar razones, intentamos convencerlo con
nuestras ideas.
Y me pregunto y les pregunto: ¿a una persona que le quedan
meses, días, horas de vida,… podemos opinar, decir, o comentar cómo tiene
que estar?
Ellos son los que nos enseñan por donde va el camino. Y en mi
experiencia, si no se sienten escuchados y validados en la situación que están,
se encierran, no hablan y duermen la mayor cantidad de tiempo porque las horas
son eternas, el tiempo es eterno, aunque su vida saben que no lo es, ni los
encuentros con los demás. Todo empieza a tener un límite: Hoy respiran, mañana no respirarán más.
Una segunda invitación que les hago es hacer el siguiente
ejercicio: Cuando nos sentimos enfermos, no tiene que ser grave, con una gripe,
un virus,…: ¿qué necesitamos de las personas que están alrededor nuestro?
Algunos responderán: “A
mi déjenme tranquilo, prefiero estar solo”, otro dirá: “Por favor, quédate al lado mío y mírame”, “Yo necesito que estés atento por si necesito algo”.
En fin, puede haber muchas otras respuestas a las preguntas.Y no sería mejor que me preguntaran ¿qué
necesitas?
Porque a mí personalmente me gusta cuando me siento mal
quedarme tranquila sin nadie alrededor, y a mi marido le gusta que estemos
encima y bien presentes.
Pensemos qué nos gustan que nos digan, qué no nos gusta que
nos digan. Cada uno tiene una forma de pasar ese malestar de diferentes
maneras. Todas estas formas no son ni buenas ni malas…. son.
Entonces, desde la bibliografía que leí y los acompañamientos
que tuve la oportunidad tan grande de tener, me animo a que podamos tener
ciertos puntos que nos van a ayudar cuando estemos en el lugar de estar con un
familiar, amigo querido que está en el final de vida, y quizá hoy está viviendo
esta situación de estar con un ser querido que esté viviendo el final de su
vida leyendo esta reflexión y pueda serle útil.
¿Qué considero que necesita esta persona? Que nuestra presencia simbolice seguridad,
confianza, continuidad. Para que puedan ser:
Aceptados
como es esa persona, de lo que él tiene, de lo que él desea, en lo que
sienten, piensan: ¿quién soy yo para pretender lo que es bueno para él?
Poder
estar en el ritmo que ellos están: muchas veces se hace difícil porque el
ritmo de quienes lo acompañamos es una vida donde hay mucho por hacer,
llegar, lograr. Para ellos es un tiempo eterno y finito a la vez.
Ser
aceptados en el deterioro, en las limitaciones que se van presentando.
Poder
expresar todos sus miedos: todos sabemos que nos vamos a morir, pero creo que
ninguno de nosotros sabe qué va a pasar luego de esta vida.
Poder
compartir las emociones sin ser juzgados.
Un buen ejercicio para poder estar de la mejor manera que
podamos con ese ser querido, es mirarme como soy yo conmigo mismo y con todos
estos puntos que estamos reflexionando.
Si me cuesta estar bien conmigo mismo, seguramente me cueste
poder ponerlo en práctica con la persona en el final de vida.
Mariana Soiza.
Licenciada en Relaciones Públicas y Consultora Psicológica.
Especializada en Cuidados al final de la vida y orientación a
familiares.
Coordinadora del Programa Comunidades Compasivas (Buenos
Aires)
A medida que pasa el tiempo os conozco mejor, soy capaz de
respirar a través de vuestra piel,… de colocar las cosas en su lugar.
Desentraño nuestra relación, encuentro la hebra y voy tirando
hasta deshacer el ovillo y darle un sentido a lo vivido. Y casi sin darme
cuenta sé los por qués, los cuándo, los cuánto, lo recibido, lo dado, lo
relegado. Lo vivido y lo olvidado.
Y así, poco a poco, empiezo a entender casi todo...
Amalia no llega a los 50 años. Un padre que la maltrató a
ella y a su madre ha marcado su vida. Separada y madre de dos hijos, repitió la
historia. Se separó cuando reunió el valor suficiente y sus hijos dejaron de
depender de ella. Se fue de su gran ciudad, se alejó de su familia y comenzó
desde cero en un pueblo rodeado de olivos y saltos de agua. Encontró un
compañero y a partir de una cuadra medio destruida, allá en las eras, hicieron
un hogar amable y confortable, con unas vistas increíbles y un huerto que ha
sobrevivido al perro, a los gatos y a las heladas de esa fría zona.
Abro la puerta del coche y Lucas, el perro, nos da la
bienvenida. Antes de entrar Pepe, su compañero de vida, nos cuenta lo duros que están siendo los últimos meses asistiendo día a día, impotente,
al deterioro imparable de ella. Ella, sentada junto a la ventana, el sol entero
en su regazo, nos sonríe al entrar. Tiene unos ojos azules que nadan en agua,
parece que nos miran a través de un cristal.
Hace pocos años le diagnosticaron un cáncer de mama. Tras la
intervención y los tratamientos posteriores lo tenía medio olvidado, hasta que
una revisión se lo devolvió a la memoria. Unos días antes había notado que
perdía fuerza en las manos y se sentía torpe al caminar, incluso llegó a caerse
sin motivo aparente. “El bicho” se había hecho fuerte en su cerebro.
Amalia habla claro, no le gusta que le mientan. “Ayerhablamos con Pepe de la muerte, de la mía. De si él se quedará en esta
casa o se irá con sushijos… me ha dicho que se quedará, menos mal!
Estamos enamorados de estacasa.” Yo
también me enamoré nada más entrar, te abraza y es muy cálida, como un bollo
recién horneado. No sé si me sedujo ella, la casa o las dos.
Por cierto, sabe utilizar los géneros al uso. Al coger la
manta, con la bandera independentista catalana, para ponérsela sobre las piernas
dice:“Me la han regalado mis nietos. A
mí me da igual independencia que independencio!”
Camina muy torpemente hasta el dormitorio, quiere
enseñárnoslo, sobre todo las vistas desde el gran ventanal. Mientras rodeo con
mi brazo su cintura, porque no me fio, me pregunta cuándo y cómo será. Hablamos
bajito, en tono íntimo, tanto que siento como me sumerjo y me empapo de azul en
sus acuosos ojos. Nadamos juntas como si fuéramos delfines haciendo piruetas en
un mar calmo. No intuyo miedo, ni culpa, ni amargura… dulcemente, siento paz. Me lo ha hecho muy fácil. Me ha enseñado que
se puede vivir y morir en paz, a pesar de todo. A pesar de la vida.
Cuando Frida lanza un peine por la ventanilla del coche y
farda de sus muñecas delante de su prima pequeña, cuando la abandona en medio
de un bosque y cuando intenta escaparse de casa, un plan que su miedo echa a
perder, solo pretende convertir su malestar, el dolor por la pérdida de su
madre, en actos; quizá es lo que ocurre cuando faltan las palabras, inútiles
para expresar lo que no comprendemos.
«Verano 1993» (Carla Simón, 2017), galardonada con tres
premios Goya, narra la historia de una niña de seis años, interpretada por Laia
Artigas, inmersa en un proceso de duelo, trance psicológico que desencadena la
muerte de un ser querido y especialmente delicado durante la niñez. El filme lo
muestra sin ahogarse en el drama, con ese humor que persiste hasta en los
momentos duros y dejándonos una sonrisa un poco triste, pero esperanzada, en la
boca.
Alba Payàs (Manresa, 1956), psicoterapeuta, directora del
Máster de intervención en duelo de la Universidad de Barcelona y del Instituto
IPIR, un centro especializado en su tratamiento, explica cómo afrontan y cómo
deben afrontar la muerte los más pequeños. ¿Qué percepción tiene un niño de la muerte?
Los niños con poca edad no entienden la muerte y que la
persona no regresa. A los seis años ya comprenden que la persona que fallece no
va a volver.
Las emociones que sienten son las mismas que sienten los adultos,
la tristeza y la aflicción, pero no tienen la capacidad de expresarlas por sí
mismos, y necesitan que les ayuden a hacerlo. Sin embargo, en el entorno suele
haber un mito, una falsa creencia, y es que a los niños hay que distraerles de
su pena. La experiencia del niño es que no se le ha acompañado en su dolor.
Entonces, aunque en apariencia todo está bien, aunque son capaces de seguir
jugando, por dentro sienten dolor.
A partir de cierta edad, y cuando se van
haciendo mayores, como no pueden expresar la tristeza la desplazan, y la
desplazan al enfado. Se vuelven irritables o rebeldes. Detrás de estos
sentimientos de enfado puede haber culpa, porque pueden responsabilizarse de lo
que ha sucedido.
¿Cómo se gestiona ese sentimiento de culpa?
El sentimiento de culpa, en el duelo, es natural y humano, y
es un reflejo del amor que hemos sentido por una persona. Entendemos el amor
como la capacidad de proteger al otro, y cuando no hemos logrado hacerlo nos
sentimos culpables. Es una emoción absolutamente natural de la que hay que
hablar, que hay que compartir, a la que hay que poner nombre, y que hay que
expresar. La culpa también tiene el papel de proteger el rol: es decir, que si
yo soy padre y he perdido a mi hijo, sentirme culpable me hace pensar que sigo
siendo un buen padre.
Pasado un tiempo, la persona tiene que ir liberándose de
ella. Lo que pasa es que los niños a veces tienen la fantasía de que son
responsables de la muerte o de que podían haber hecho algo que hubiera salvado
a la persona fallecida. Tienen un pensamiento más mágico.
El problema del duelo en los niños es que no solo pierden al
ser querido, sino que a veces se le arranca de sus raíces. Entonces hay dos
duelos: el del ser querido y también otro, que los adultos no suelen tener en
cuenta, y que es que el niño pierde la escuela, los amigos, la casa, la
comunidad o el hogar. Es una pérdida secundaria que a veces es tan importante
como la primaria, porque el niño necesita estructura. Es como una planta que
sacudes y a la que encima le quitas las raíces y luego dejas en el aire. Para ellos
es tremendo perder todo el entorno que les da seguridad.
En una escena de «Verano 1993», la niña habla con su tía
sobre la muerte de su madre, y su tía le responde con franqueza, con una
franqueza que choca, a sus preguntas. ¿Es esa la forma correcta hablar a los
niños sobre este tema?
El niño necesita un tiempo de distracción, de mirar al
futuro, de olvidar lo que ha pasado, y también necesita el mismo tiempo para
hablar de lo que ha sucedido y para que le expliquen cómo han sido los hechos, igual
que haríamos con un adulto.
La situación ideal para los niños es que puedan acompañar a
la persona que se está muriendo. Que puedan sentir que están dando y recibiendo
cariño. Así pueden entender mucho mejor lo que sucede. Pero durante décadas ha
habido un tabú con este tema, y a los niños se les ha ocultado la muerte: se ha
evitado que estuvieran en el funeral, se ha procurado que no vieran a la
persona fallecida, que no fueran al hospital, a cuidados intensivos...
En
realidad, todo ese miedo es nuestro, es de los adultos. El niño no tiene miedo
a la muerte si está acompañado de un adulto que le explique lo que está pasando
y que le ayude a expresar sus emociones y a regularlas. Ahora hay más
formación, y se sabe que los niños pasan el duelo mucho mejor si se les permite
estar presentes, y si se responde a todas las preguntas que hacen, aunque sea
con un «no lo sé» cuando no sabemos contestar.
Los niños, además, saben cuándo les estamos mintiendo.
Claro. Saben que se les está mintiendo y sobre todo saben que
el adulto tiene miedo del mundo emocional. Los niños te miran a los ojos, y, si
huyes de tu dolor, van a imitar tu respuesta. Si no se tiene miedo del dolor,
de sentir el dolor, de vivirlo y de apropiarse de él, entonces el niño aprende
a hacer lo mismo, y esa experiencia, con la que madura, le ayuda a ser mucho
más resiliente; es decir, le ayuda a ser capaz de afrontar mucho mejor los
avatares de la vida. Pero si el dolor se le ha escondido, si desde pequeño se
le ha encerrado en una protección que le ha impedido conectar con el
sufrimiento natural de la vida, cuando el niño, de adulto, afronta una pérdida,
responde mediante la evitación, con la negación.
¿Qué dimensiones tiene un duelo?
La primera dimensión es sobre las circunstancias de la
muerte: el trauma. Son los recuerdos sobre las circunstancias de la muerte del
ser querido. El objetivo es aceptar de qué murió y cómo murió, y enfrentarnos
al sentimiento de culpa, de si la muerte se podría haber evitado o a pensamientos
tan dolorosos como si la persona sufrió. Luego, la segunda dimensión es la que
llamamos la relacional, que tiene que ver con los recuerdos de lo que se vivió,
de lo que se recibió de la persona perdida, y también con las cosas difíciles,
con los conflictos con ella, naturales en todo vínculo humano. Entonces se
puede buscar el sentido profundo de la relación.
Al final del duelo, para
muchas personas, pero no para todas, hay una sensación de gratitud, de amor y
también de tristeza, de pena y de añoranza, pero sobre todo de paz interior y
de ilusión por la vida, porque, si nos hemos sentido amados, el amor nos empuja
a vivir de forma más plena.
¿Qué ocurre si una persona se queda atrapada en una de
esas dimensiones y no logra avanzar?
Entonces tenemos un diagnóstico de duelo crónico, con una
persona que vive la añoranza y la culpa como emociones intensas, y que se
siente incapaz de seguir adelante, llegando a manifestar síntomas como la
depresión, la ansiedad y sobre todo falta de ilusión. A veces, durante un duelo
complicado, la persona funciona aparentemente bien a nivel laboral, pero, sin
embargo, por dentro siente dificultades para disfrutar de la vida. Los expertos
en duelo recomendamos ayuda terapéutica, para ver qué es lo que se oculta debajo
de ese duelo difícil: si es enfado, culpa, si el nivel de trauma es demasiado
alto o si hay otras pérdidas.
Hay que subrayar que hay que pedir ayuda terapéutica
especializada para que la persona pueda resolver estos traumas profundos, que a
veces están mezclados con otras pérdidas sufridas en el pasado, y que no son
necesariamente muertes. Parece que en nuestro corazón ponemos todas las
pérdidas en un mismo cajón, y que así las vamos acumulando.
Cuando termina «Verano 1993», Frida parece reconciliada con
su familia, dispuesta a ser menos revoltosa y a divertirse; en la última
escena, mientras juega con su tío y con su prima, mientras los tres saltan en
la cama y se ríen, la niña, súbitamente, se aparta y rompe a llorar. Como
explica Payàs, «la idea de que en tres meses o en un año se pasa página es un
mito, porque el duelo puede durar años».
Por eso, los adultos no deben mostrar
prisa por hacer ver que todo «ha pasado», y sí esforzarse, permaneciendo al
lado de los pequeños, en ayudarles a seguir adelante. De lo contrario, y
volviendo al mundo del cine, la situación puede convertirse en la de Julien
Davenne en «La habitación verde» (François Truffaut, 1978), un periodista
experto en necrológicas que vive en el pasado, rindiendo culto a los que se han
ido y creyendo que rehacer su vida es una traición.
Empieza el año y con él los aniversarios. Un estar triste sin motivo aparente… a no ser el recuerdo
exacto de cómo fueron las cosas, de cómo se sucedieron los hechos. Con el
tiempo es verdad que el dolor se matiza, se difumina, pero se hacen mucho más
nítidos los recuerdos y las sensaciones, aquellas que en un primer instante la
mente amortigua para que el dolor no te mate a ti también… en los momentos y
días posteriores.
Al cabo del tiempo, digo, sé que pudo ser diferente,
probablemente mejor. Me quedan en el tintero escenarios que siguen doliendo
mucho y sé que se podían haber hecho mejor las cosas. Esto es habitual en situaciones
cruciales de la vida. Lo sé, no alivia ni soluciona nada, la vida no tiene
ensayo previo. Acudimos cada día al estreno e intentamos dar la mejor versión
de nosotros mismos. Sin embargo, a pesar de lo vivido aún nos sorprenden y descolocan
los golpes bajos, las notas escondidas en la clave de sol.
Dignidad, sé que te faltó dignidad. Lúcido, la fuiste perdiendo
durante el año que viviste con una hija menos y una compañera de viaje cada vez
más lejos, siguiendo otro itinerario, envuelta en las cada vez más espesas brumas
del olvido. Fueron meses difíciles, de gran soledad. Apenas hablabas. Pero la dignidad de tu vida en el final de la enfermedad, algo que forma parte ineludible de mi quehacer
diario,… creo que no supe dártela. Aunque bien pensado quizás no sea del todo cierto,
la verdad es que no lo sé.
Nunca olvidaré tu sonrisa socarrona, que me acompañará
siempre, ni tu forma de quererme. Nadie me ha tocado la cara como tú. Yo también
te admiré, por tantos momentos juntos, por todo lo que aprendí contigo, por
todos los por qués que me ayudaste a resolver y porque, también gracias a ti, soy
como soy… querido papá.
No quiero pecar de falsa modestia, ya no tengo edad para
tonterías,… por eso hoy me dedico el post a mí.
Mi amiga Paula, la que vive el cáncer desde las trincheras,
en primerísima línea de fuego, escribió esto hace unos meses. Gracias y…
gracias!!
LAS SONRISAS
DE PILAR
La visita a una amiga que vive en una provincia lejana, me
llevó a conocer a otra amiga.
De mirada viva, cara sonriente y sonrisa fácil. Pilar es
médico y trabaja parte del año visitando a enfermos terminales en sus casas,
dentro del programa de Cuidados Paliativos del Alto Aragón.
Trabaja con agrado, sin perder el ánimo ni tampoco la
esperanza, a pesar de la dureza de su trabajo.
Visita las viviendas de los enfermos en compañía de su
enfermera, ambas acuden solícitas, sean bien recibidas o no.
Ella conoce bien la crueldad que puede llegar a presentar una
enfermedad, y la impotencia y el enfado que suelen presentar los cuidadores. Lo
ha vivido en sus carnes.
Pérdidas muy cercanas la acompañan todos los días,
incluso alguno de ésos días la atacan a traición y sin consuelo.
Sabe de la importancia de vivir aquí y ahora porque, a
diario, se mueve en esas arenas movedizas que hay entre la vida y la muerte.
Con su voz te traslada a otros lugares donde habitan la
serenidad y la reflexión. Esa misma voz pausada te incita a pensar, te invita a
vivir. Y su risa fuerte y sincera te dice que estás en el lugar adecuado en el
momento adecuado.
Por todo esto, cuando Pilar te abraza, sientes que el mundo
se detiene, porque abraza tu cuerpo, pero sobretodo abraza tu alma. Con tal
fuerza que todo tu ser se estremece.